25 may 2020

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Jordi Turull, Josep Rull y Artur Mas, ayer, en la reuníón de la ejecutiva de Convergència.

ALBERT BERTRAN

Una propuesta bisexual

Carles Campuzano

Todo lo que históricamente representó CiU está en plena mutación. El mundo que vio nacer CDC (1974) y CiU (1979), en muchos sentidos ha dejado de existir. La transformación del autonomismo al soberanismo, el estallido de la crisis y sus consecuencias de todo orden, especialmente por la fractura social provocada, el agotamiento casi biológico de las instituciones nacidas en la Transición y la llegada a la madurez de nuevas generaciones, crecidas en democracia y más formadas que nunca y que reclaman una política honesta y decente y más capacidad de decidir en todos los órdenes de la vida, constituyen el escenario local en el que el proyecto de CDC está en fase de reinvención. Pero es que a escala global, las transformaciones son enormes. La globalización, Europa, internet, los flujos migratorios, el cambio climático... han alterado radicalmente los términos del debate político en todas partes y nuevas pulsiones emergen para dar respuestas a las nuevas preguntas y retos que tenemos planteadas las sociedades contemporáneas.

Desde este punto de vista, lo que ha representado CDC necesita algo más que una refundación; se necesita una nueva Convergència que concentre todas las energías de aquellos sectores del país que trabajan por el estado propio para Cataluña, aspiran a profundizar en el proyecto europeo, piden una política abierta y nada sectaria y apuestan por las reformas económicas y sociales necesarias para garantizar una sociedad más prospera y más justa para las futuras generaciones en este nuevo tiempo global que vivimos.

Desde este último punto de vista, el nuevo espacio que habrá que articular será, en términos utilizados por Victor Lapuentebisexual o no será. O empleando un término que proviene de la política alemana, la nueva confluencia que CDC debe promover debe responder a la lógica de las coaliciones semáforos: rojo de los socialdemócratas, amarillo de los liberales, verde de los ecologistas.

Políticas bisexuales y coaliciones semáforos deben ser la hoja de ruta del reformismo que el país necesita urgentemente en el campo económico y social.

Un planteamiento bisexual que implica apostar, con rotundidad, para profundizar en la liberalización de la economía y el estímulo a la capacidad innovadora y emprendedora de la gente, con un Estado que no regule de manera desaforada e invierta de manera inteligente en infraestructuras y ciencia. Y que con la misma rotundidad apueste por la justicia social y un Estado del Bienestar que invierta en jóvenes y niños (educación infantil, becas), formación a lo largo de la vida y que garantice y promueva el derecho universal a la salud y a una vejez digna. Que comprenda, que sin mercado y empresas, no hay ni prosperidad ni libertad. Pero que también asuma que sin impuestos progresivos y un Estado del Bienestar fuerte no hay economía prospera ni libertad para todos. Que libertad e igualdad son las dos caras de una misma moneda.

Un planteamiento semáforo que quiere decir que se integran en una misma propuesta programática la necesidad de combatir las nuevas y viejas desigualdades, como planteamiento genuinamente socialdemócrata, el profundizar en los derechos y libertades individuales como planteamiento genuinamente liberal y al incorporar las cuestiones ambientales genuinamente defendidas por los verdes en Europa, que son imprescindibles a la hora de garantizar un progreso sostenible e inclusivo.

Tengo la convicción de que el país necesita urgentemente una propuesta de este tipo; que los tiempos que vivimos lo reclaman urgentemente frente a los reaccionarios de izquierdas, que parecen añorar el mundo de antes de la caída del Muro de Berlín y continúan instalados en sus prejuicios contra el mercado, las empresas y la competencia, y los reaccionarios de derechas que aspiran a volver al siglo XIX y que creen que el Estado del Bienestar es insostenible y que desresponsabiliza los individuos a la vez que defienden los viejos monopolios privados.

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