Ir a contenido

Madrid era una fiesta

Jenn Díaz

Hay un 'abecé' en mi familia, en todos los partidos importantes: en primer lugar, que con el gol que abre el marcador estamos todavía más nerviosos que con el 0-0 inicial... sí, incluso si el gol es nuestro; lo segundo, que el locutor nunca --pero nunca-- va con nuestro equipo. Siempre gritan más las ocasiones del contrincante, siempre repiten nuestras jugadas para comprobar si estamos en fuera de juego, siempre se calculan el tiempo y el resultado a favor del rival: 'el Madrid necesita dos goles para'... Siempre. Con esta sensación de desigualdad externa van creciendo los nervios del partido. La tercera variable de estas normas que acompañan a los clásicos es la superstición. Si dices que Iniesta no está bien, hace un gran partido. Si dices que no necesitamos a Messi porque estamos en un excelente momento, los primeros diez minutos no damos cuatro pases seguidos buenos. Si dices que Cristiano está acabado, marca seguro. Por eso hay que ser prudente, por eso no decimos jamás que el partido está firmado. Pero éstas son solo algunas de las supersticiones: después están las banderas, bufandas, gorros y camisetas de la suerte.

De todos modos, cuando ves que tu equipo se mueve como suele moverse cuando está cómodo, cuando pese a la brutalidad del rival está fluido, fresco, apartamos ese 'abecé' para aficionados pesimistas y nos centramos en lo que tenemos que centrarnos: el uso del plural. Sí, porque lo más importante de un equipo es siempre cuando se habla en plural, también, tras la pantalla --desde el sofá. Entrenador, jugadores, técnicos y seguidores debemos hablar de lo mismo, en el mismo código, y utilizar la persona que corresponde: 'nosotros'. Incluso se pueden dar instrucciones desde casa, señalando qué jugador se ha quedado solo, qué jugador la está pidiendo.

Como en el patio del colegio, siempre hay alguno que levanta la mano para que cuenten con él, y eso es lo que Messi ha hecho al saltar al terreno de juego: desmarcarse y pedirla, como el niño obsesionado con el balón que es. También siempre hay alguno que no sabe medir la rabia y da alguna patada demasiado evidente, como Isco. Y también hay siempre el jugador que siente los colores de un modo especial y va arriba y abajo, de carrera en carrera, intentando ser trascendente tanto en la defensa como en el área contraria. Sí, ése es Piqué,'nuestro' Piqué: el que ha intentado darnos, a todos los culés, la satisfacción de marcar el quinto gol de un partido perfecto, limpio. Era demasiado pedir. Como también lo era que el canto celestial --los pitidos del Bernabéu-- no haya durado hasta el final.

Valoraciones personales a un lado, este Madrid-Barça es el primer partido que me dispongo a relatar, a convertir en artículo. Tras los gritos y la alegría de los que hemos ganado, me retiro al silencio y pienso en todo lo que acabo de ver --debo alejarme del ruido, cerrar las puertas que me separan de los que están viendo la rueda de prensa, alejarme del regocijo. Esto que me rodea es el silencio del escritor, lo conozco bien. Sé qué se siente al intentar desentrañar una idea compleja, emocional. Sé qué es este silencio que me rodea, el silencio del que Marguerite Duras habla en 'Escribir'. Es una quietud, aun así, distinta. Porque cuando acabe de reflexionar sobre el partido, de buscarle la parte literaria al fútbol, volveré ya sin necesidad de aliarme con Hemingway para titular el texto. Volveré frente al televisor, despojada de todo, y celebraré que yo, cuando hablo de mi equipo, lo hago en plural --el festejo no puede ser solitario.