24 oct 2020

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Política europea suicida en Oriente

Eliseo Oliveras

Tras los atentados de París, Occidente debería revisar en profundidad la política suicida que mantiene en Oriente desde hace más de cien años. Europa y Estados Unidos se han aliado con las fuerzas más extremistas del Islam para obtener y conservar ventajas económicas y políticas a corto plazo sin preocuparse por las amenazas que esos grupos y regímenes suponen para el modelo humanista de democracia occidental, al que consideran su enemigo declarado.

Ya antes de que Occidente financiara y armara a Al Qaeda en Afganistán en 1980, Gran Bretaña, Francia y EEUU habían financiado a grupos extremistas, como los Hermanos Musulmanes en Egipto para atentar contra el presidente Gemal Abdel Nasser y hacer fracasar su régimen reformista secular. También se usó a los grupos islámicos más extremistas en Irán de 1950 a 1953 para sabotear la revolución secular  nacionalista de Mohammed Mossadeq y facilitar el golpe de Estado de 1953.

Londres traicionó a su aliado de la primer guerra mundial, el rey Hashemita Hussein ben Ali, y apoyó a Adeblaziz Bin Saud para que tomara el control de La Meca y Medina y conquistara Arabia de 1920 a 1932, pese a que eso supuso la expansión del islamismo extremista wahabí, que legitima el extermino de quien no comparte su interpretación sectaria del Islam del siglo VII y que considera a Occidente y a sus valores el enemigo a destruir. Las fuerzas saudís impusieron un régimen de terror, en el que los miembros de las demás tribus tuvieron que escoger entre convertirse al wahabismo o ser ejecutados. Es la misma política que aplica ahora el Estado Islámico, ya que comparte la misma doctrina wahabí, conocida en Occidente como salafismo (al salaf, compañeros del Profeta).

Arabia Saudí

Arabia Saudí exporta desde mediados de 1970 la ideología yihadista a Europa, África y Asia, a través de la financiación multimillonaria de mezquitas, escuelas coránicas, organizaciones teóricamente caritativas y de la difusión de las obras de los teóricos de la yihad armada, como Abdulá Azzam, Sayyid Qutb y Sayyid Abul Ala Maududi.

Existen numerosos libros que detallan las alianzas occidentales con los extremistas islámicos, como 'Secret Affairs', de Mark Curtis;  Hatred's Kingdom, de Dore Gold;  Devil's Game, de Richard Dreyfuss; y Sleeping with de Devil, de Robert Baer. 

Alain Chouet, ex responsable de los servicios inteligencia de la seguridad exterior de Francia, ya señaló este verano que la Unión Europea (UE) y EEUU "tienen como aliados a aquellos países que patrocinan el terrorismo yihadista desde hace 30 años", en referencia a Arabia Saudí, Catar y las demás monarquías del Golfo. Las exportaciones multimillonarias de armas de Occidente a esos países, los suculentos negocios de las grandes compañías y el poder financiero de los petrodólares han hecho que la UE y EEUU prefieran cerrar los ojos.

El Estado Islámico, que antes se llamaba Al Qaeda Irak, ha estado financiado desde Arabia Saudí y no hay pruebas de que el flujo de fondos se haya interrumpido. Arabia Saudí, Catar y Turquía financian y arman abiertamente a la filial de Al Qaeda en Siria, el Frente Al-Nusra, y a los salafistas radicales de Ahrar al-Sham. Estos grupos extremistas dominan la coalición rebelde siria. Al Qaeda en Yemen, responsable de la matanza de la revista 'Charlie Hebdo' en París, y el  Estado Islámico han sido también los principales beneficiarios de la guerra que mantiene Arabia Saudí en Yemen con aval occidental.   

Asimismo, Turquía, miembro de la OTAN, ha colaborando con el Estado Islámico, permitiendo el libre paso de combatientes, armamentos, suministros y contrabando de petróleo a través de su frontera. Es revelador que los atentados del Estado Islámico en Turquía solo hayan sido contra los enemigos políticos del presidente turco, Racip Tayyp Erdogan, como el movimiento kurdo y el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) de izquierdas.

Incluso después de la nefasta experiencia de Al Qaeda, la absurda invasión de Irak del 2003 y del caos creado en Libia en el 2011, Occidente ha seguido jugando con fuego en Siria. El servicio de inteligencia militar de EEUU ya reconoció en un documento del 12 de agosto del 2012 que la rebelión contra el régimen autoritario de Bashar al Asad estaba dominada por los extremistas islámicos y que podía desembocar en un estado salafista en la región, pero recomendó apoyarlos para debilitar a Damasco. Desde el 2012, EEUU, Francia y Gran Bretaña han enviando armamento a Siria que ha acabado en manos de los extremistas y Estado Islámico.