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Análisis

El día en que caiga el Daesh

Francisco Veiga

Conviene recordarlo: el terrorismo no es un fin en sí mismo, sino una estrategia al servicio de un proyecto político radical. Por lo tanto, el recurso al terrorismo es una opción militar que se desmoviliza o es desechada cuando ya no existen las condiciones para que se cumplan los objetivos políticos; o cuando estos han sido alcanzados.

Por eso la forma en que ha ido evolucionando la situación en Oriente Próximo hace difícil prever el fin de la escalada terrorista. La destrucción de estados completos, desde Siria Yemen pasando por Irak Siria, y la inestabilidad en esa pieza central que es Egipto, supone que los desorbitados objetivos de los yihadistas -no solo el Daesh, sino también Al Qaeda y sus facciones- ya no tienen un adversario eficaz en su propio terreno. Queda Irán, estable y poderoso pero que no es árabe ni suní y que además tiene una zona de influencia en Asia Central. Y Arabia Saudí, que en parte forma parte del problema al demostrar sobradamente que no es capaz de encabezar ningún plan de estabilización ni reestructuración regional, sea político o económico. Entre ese panorama, la rueda de las estrategias políticas del Daesh y Al Qaeda gira y gira en el vacío, sin terminar de concretarse en un Estado viable, en algo reconocible, con cara y ojos.

Habiendo entrado en bucle, instrumentalizado ocasional pero ignominiosamente por algunos actores regionales e internacionales, el Daesh seguirá generando y exportando violencia. Pero sobre todo continuará la destrucción del tejido social de Siria e Irak y otras zonas de Oriente Próximo árabe. Y esto complicará la estabilización de la zona, incluso en el caso de que las potencias occidentales y/o Rusia intervinieran militarmente en el terreno y revirtieran la situación militar. Aun así, ¿cómo reconstruir un país social y económicamente arrasado como Siria sin que los rescoldos del radicalismo resurjan de las cenizas?

El problema y la solución

La respuesta podría estar en Europa, que ahora tiene la posibilidad única de convertir el problema en solución. Todo depende de si la cuestión de los refugiados sirios se enfoca como una oportunidad o se sigue planteando como un incordio. La clave parece residir en el planteamiento de que los refugiados han venido para quedarse, con el consiguiente rechazo entre la ciudadanía de varios países europeos que ve eso como «una invasión». Sin embargo, puede que algún día el Daesh sea derrotado en Siria, Asad se vaya, los fanatismos remitan y buena parte de esa población regrese a su tierra. Si lo hace con estudios realizados en Europa, un buen reciclaje profesional, negocios puestos en marcha en Occidente que se desdoblan en Siria, hablando una o dos lenguas europeas, con buenos contactos y planes de inversiones bien pensados y respaldados desde el país de acogida, el Viejo Continente tendrá una nueva presencia en Siria, y por lo tanto en Oriente Próximo. Una muestra de soft power europeo que al fin y al cabo sería un plan para el futuro. Algo que el Daesh confunde con delirio y que Washington y Moscú limitan al apocalypse now.

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