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La policía francesa, en alerta en París.

La policía francesa, en alerta en París. / AP / PETER DEJONG

"Cualquier día pasa aquí", he escuchado que mucha gente comentaba en mi entorno a raíz de la locura asesina que sufrió París la noche del viernes. Lo decían como si París estuviera lejos, como si sus ciudadanos fueran diferentes. Entiendo que se equivocaban. París está aquí.

El Parlament de Catalunya, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona nos han convocado, al mediodía de este triste sábado, en la plaza de Sant Jaume para mantener un minuto de silencio en rechazo del ataque terrorista, en memoria de las víctimas y en solidaridad con sus familiares y amigos. Un buen puñado de franceses -turistas o residentes en Barcelona- ha asistido al acto.

¿El atentado habría pasado ‘aquí' si se hubiera producido en Madrid o en Girona? ¿Este 'aquí' se refiere a que puede atrapar a cualquiera de nosotros en medio del tiroteo y las bombas o no sería ‘aquí' si el atentado tuviese lugar en la Sagrada Familia mientras nosotros vivimos en la Villa Olímpica?

Acabar con acciones criminales como las del viernes en la capital francesa pasa, en parte, por asumir que ya no hay ‘aquís’ y ‘allís' en el mundo actual. Si hubiéramos entendido que la terrible guerra de Siria -con más de 200.000 muertos y cuatro millones de refugiados- no es sólo un problema de los ciudadanos de ese país sino de todos, quizá no habrían atentados como el de París o el del día antes en Beirut -con más de cuarenta muertos- y Europa no se encontraría desconcertada ante los cientos de miles de refugiados que la atraviesan.

A mi lado, un niño, al ver la multitud reunida en la plaza de Sant Jaume, le preguntó a su madre qué pasaba. "Ha habido un accidente, se ha muerto mucha gente y todas estas personas han venido a solidarizarse con sus familias", mintió ella para salir del paso. El niño era demasiado pequeño para decirle la verdad.

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Los adultos, sin embargo, no podemos engañarnos. No podemos combatir el terrorismo con mentiras, cerrando los ojos o esperando que la suerte nos ahorre encontrárnoslo en el restaurante donde cenamos, la discoteca donde bailamos o el estadio donde vemos el fútbol.

Quizás hablamos lenguas diferentes en París, Beirut, Alepo o Barcelona, pero el dolor y la muerte nos hacen el mismo daño a todos.