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El desafío soberanista

Del laberinto catalán al laberinto español

Enric Marín

Si no hay pacto entre JxSí y la CUP, la política catalana hibernará en una larga guerra de posiciones

Si el conflicto entre el Estado y el soberanismo hace pensar en una partida de ajedrez, la política catalana se parece más al Go, el juego de mesa de origen chino, menos jerárquico que el ajedrez pero con más variables y más complejidad estratégica. Catalunya es una sociedad cohesionada, marcadamente plural y diversa, con una fuerte identidad colectiva y con una sociedad civil muy organizada y muy activa. Y, por si fuera poco, en los últimos diez o quince años vive un conflicto democrático con el Estado. Un conflicto político químicamente puro: lucha por el poder desde la reivindicación del reconocimiento nacional. Es decir, del reconocimiento consecuente de Catalunya como sujeto político de pleno derecho. Por ello, a menudo la política catalana puede parecer impredecible, críptica o laberíntica.

Estas últimas semanas hemos tenido muestras muy evidentes. Destaco dos. En primer lugar, abrir la fase de creación de un nuevo Estado sin haber cortado radicalmente y de forma limpia con el legado de corrupción de la etapa autonómica es como querer volar con plomo en las alas. En segundo lugar, no vincular la declaración de inicio de creación de este Estado a la formación del nuevo Govern puede ser un autogol si no culminan satisfactoriamente las negociaciones para la investidura y el programa de gobierno. Un autogol rozando la escuadra, espectacular, imparable. Y era evidente que las negociaciones entre la CUP y Junts pel Sí debían ser complejas. Los 72 diputados de la holgada mayoría independentista del Parlament expresan con bastante fidelidad la pluralidad y la diversidad de la sociedad catalana a la que ya me he referido. Así pues, no puede representar ninguna sorpresa que encajar sensibilidades que van de la izquierda radical a la derecha moderada requiere un tiempo de cocción más bien lento.

En las difíciles negociaciones para la investidura, la opinión pública tiende a focalizar abusivamente la mirada crítica sobre la CUP. La derecha unionista la criminaliza directamente. Más objetivamente, y con feliz analogía, el periodista Enric Juliana la compara con los franciscanos de primera hornada. Quizá habría que añadir que la cultura política de la CUP también incorpora un cierto rigorismo calvinista. Esta combinación podría explicar sus fortalezas, pero también sus debilidades. Sea como sea, la CUP conecta con una de las principales tradiciones de la cultura política catalana y ha jugado un papel clave en el proceso de construcción de la hegemonía soberanista. No es un invento mediático, ni un actor secundario de la política catalana. Es un movimiento político surgido desde la base municipalista que se enfrenta a una responsabilidad política superior a la que jamás ha tenido que asumir ningún partido sistémico en la Catalunya autónoma. Y el dilema puede llegar a ser inevitable. En algún momento se tendrá que plantear si la falta de un acuerdo programático sólido no es una incoherencia mucho más grave y contradictoria que permitir la investidura de Mas. Al fin y al cabo, la política, como la vida, progresa a partir de óptimos relativos. Antonio Gramsci explicaba la política con la metáfora de la guerra de posiciones y la guerra de movimientos. Si, finalmente, no hay acuerdo de gobierno, la política catalana deberá hibernar una buena temporada en la fase de la guerra de posiciones.

Mientras tanto, y ya en contexto electoral, el sistema mediático y político español continúa trabajando de forma tozuda y aparentemente incansable para agrandar la distancia emocional entre Catalunya y España. Por debajo de la espuma táctica y superficial que a menudo ocupa a tertulianos mediáticos, la deriva autoritaria del sistema político y mediático español es una de las corrientes de fondo de más trascendencia. En el contexto de la crisis económica, y en medio de una crisis institucional sistémica, el cluster de comunicación radicado en Madrid ha ido convergiendo en la construcción de una esperpéntica caricatura de la sociedad catalana y sus reivindicaciones. La sustitución casi generalizada de la información, la crítica y el análisis por la descalificación está marcando a una cultura periodística española cada vez más dependiente y endogámica. La degradación del sistema político español es paralela a la de su sistema cultural y mediático. El mismo New York Times se ha hecho eco de ello.

Podría ser que la política catalana quede atrapada en su telaraña. Pronto lo sabremos. Pero lo que ya podemos saber es que la política española está perdida en su propio laberinto. ¿Cómo? Ignorando la crisis institucional sistémica, despreciando los desajustes estructurales de la economía y engañando sobre Catalunya. Es evidente que alimentando la desafección catalana con perseverancia digna de mejor causa y amenazando con bastonazos constitucionales, el Estado tiene la batalla perdida. Todo es cuestión de tiempo.
 

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