La rueda

Historias nacionales

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No tener memoria histórica conduce, irremisiblemente, a repetir los peores errores del pasado; en cambio, tener demasiada puede hacer que este pasado pese tanto que condicione el presente en exceso. Así pues, podríamos convenir que si poca historia es malo, demasiada historia aún puede ser peor. Supongo que el término medio, como en tantas cosas, debe ser el punto ideal. O quizá el problema no es la cantidad o la intensidad de esta memoria histórica sino la calidad aplicada a la forma en que recordamos el pasado. Hace unos días el prestigioso historiador Santos Juliá se lamentaba en El País del proceso de nacionalización del pasado que, según él, caracteriza el trabajo de algunos historiadores en Catalunya que proyectan sobre este pasado un «espíritu nacional» propio del presente. Se quejaba Juliá, sin señalar a nadie, de los historiadores que inventan en lugar de narrar el fruto de su investigación.

No digo que no tenga razón, que probablemente la tiene, pero me sorprende que se lamente de un hecho que ha sido siempre así en todas partes. Esto de poner la historia al servicio de las necesidades del presente no lo hacemos solo en la esfera colectiva, sino también en la individual. Y es que la memoria, sea histórica o no, siempre es selectiva. Recordamos lo que queremos y como queremos en función de nuestros intereses. Companys fue el president mártir o un político contradictorio, y el marqués de Comillas, el promotor de la economía de Barcelona o un negrero, todo depende de cómo queramos recordarles. Entiendo que el rigor es exigible a los historiadores, pero, por más escrupulosos que seamos, recordar, en el fondo, implica resumir, reconstruir y, por tanto, un poco, mentir. La clave es no hacerlo ni demasiado ni demasiado poco, ni dar a la historia una importancia que no debería tener. Si Catalunya es una nación no lo es porque lo diga la historia sino porque así lo cree la gente de ahora que vive en ella.