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Análisis

El día de la marmota del famoso 3%

Joan J. Queralt

Ayer, las efemérides banales recordaron los 30 años del retorno al futuro de Marty Mcflay. Para nosotros fue el día de la marmota: el enésimo registro de la sede de un partido político por delitos asociados a la corrupción, la detención de su tesorero, del director general de la contratista pública y de casi una decena de directivos de constructoras. La causa de sobras conocida: un presunto 3% de las obras licitadas, previo sobrecoste de las mismas, habría ido a parar, de modo opaco, a las arcas de CDC, provenientes de municipios en los que gobernaba. Varias cosas son dignas de mención.

La primera: la actuación judicial, se ve como gubernamental, es decir, como confabulación política, pues, según los afectados, no hay más que pureza en sus cuentas. Puede. Pero, todos, absolutamente todos, los procesos por corrupción empiezan con este descargo. Cospedal, cuando Gürtel, reiteró que sus cuentas, auditadas por el Tribunal de Cuentas, eran correctas y que se trataba de un montaje político-policial; gobernaba, entonces, el PSOE. Este, con sus EREs andaluces, proclamó la inocencia de todos los implicados. Matas, Urdangarín y demás ya convictos baleares, clamaron por su inocencia, en varios casos ya destruida y penando en presidio. La Púnica es también un sindicato de túnicas blancas. Al final, pruebas, que nadie tacha de falsas, anulan tanta autolimpieza.

La segunda: el momento. Detener a alguien y registrar su domicilio o lugar de trabajo nunca es oportuno. Durante tiempo, se cumplió la ley no escrita de no realizar actuaciones judiciales significativas en periodo electoral. Ahora, puesto en marcha el Dragon Khan de las elecciones quasi perpetuas, es ilusorio pausar las investigaciones. Hasta ahora, las investigaciones judiciales, algunas muy aparatosas, han finalizado en condenas. Solo bastardas manipulaciones de las cloacas del Estado han fracasado. Documentos falsos que no valían ni el papel en que estaban escritos. Tal fue el caso del risible documento aparecido en el otoño de 2012 en pleno periodo electoral catalán. Más sonrojo produjo el calumnioso informe sobre unas inexistentes cuentas en Suiza del entonces alcalde Trías, que lo desmontó con certificados bancarios negativos. Calumnia, por cierto, por la que nadie se ha disculpado aún.

La tercera: junto con los presuntos corruptos aparecen cada vez más los presuntos corruptores. Sin fuego no hay humo. Ya iba siendo hora de sacar todas las cerezas del cesto de los que han decidido vivir ilícitamente del erario. Lo raro era el bisturí imaginario que solo sacaba del cesto cerezas aisladas y sin rabillo.

De confirmarse estos hechos -y los que puedan seguir-, ha de admitirse que llegan en un momento clave. El del intento de creación de una nueva estructura política soberana. Sea la que fuere la suerte que pueda correr ese tránsito, lo que está claro es que a Ítaca no puede llevarse como lastre la podredumbre de la corrupción. Para seguir como hasta ahora, no hace falta ningún viaje a ningún sitio.

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