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El talento y el yunque

Olga Merino

Con la misma certeza que el mundo gira, sabía que este momento iba a llegar, y los que vendrán. Aunque se me hace muy difícil separar a la amiga, confidente y madrina de boda de la inmensa escritora, llevo tiempo aprendiendo que en Alicia Giménez Bartlett se aúnan los tres escurridizos dones: vocación, talento y perseverancia. Quiso ser escritora y lo fue, aun siendo mujer e hija de ferroviario. Aunque hayan querido encasillarla como gran dama del género negro.

Mientras los demás andamos en no sé qué nebulosas, ahí está la Bartlett, puntual como un mariscal prusiano, tecleando en el ordenador a las ocho de la mañana. Cada jodido día, porque en esta vida nada es casual ni gratuito. El hierro no se dobla solo en el yunque.

Y luego está la amiga escuchadora y generosa: las puertas de su casa —y de Carlos— en Vinaròs, de par en par, pese a los rottweilers. Y la devoradora de libros, la que nunca falla recetando una lectura: ella me descubrió a John Cheever hace una eternidad. Y la mujer sencilla y cómplice que siempre está cuando se la necesita. Bravo, Bartlett.

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