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Conocí al profesor Angus Deaton en la Universidad de York (Gran Bretaña). Sabía, por supuesto, de sus contribuciones a lo que llamamos teoría Deaton-Muelbauer, en alusión a la teoría microeconómica del consumidor. Pero fue durante el congreso de la International Health Economics que se celebró en York en el 2001 cuando presentó su ponencia sobre desigualdades en la salud.

Su discurso chocaba con las teorías dominantes que ligaban esas diferencias a la desigualdad económica. Hubo un agrio debate con mi supervisor, Alan Williams, padre de la Economía de la Salud, tras su ponencia (agrio es exagerado: todo fue educado y cortés, pero las diferencias eran notorias). La desigualdad en salud está vinculada, según Deaton, a la pobreza. Y, con ella, a la mortalidad innecesariamente prematura y sanitariamente evitable.

La visión macroeconómica, según sus tesis, padece de la falacia ecológica de la agregación de datos. Es decir, la desigualdad es siempre un concepto relativo, pero la pobreza tiene tintes más absolutos, de solemnidad como se la califica a veces.

Dos situaciones comparadas en términos relativos -la globalización nos ha hecho más desiguales- no aportan siempre el mismo diagnóstico en términos absolutos porque, de hecho, hoy hay menos pobres.

Todo esto es objetivable si no valoramos las situaciones personales en términos relativos de envidia por lo que tiene el otro. La idea de que el bienestar en el mundo había aumentado (aquel 2001), tenía por añadido de que la salud global también había mejorado. No se trataba, por tanto, de valorar solo la renta, sino también la salud y el conocimiento.

La esperanza de vida en el mundo al nacer es más elevada. Pero muchas cosas se quedan por el camino para alcanzar este objetivo: la salubridad, la tecnología, la salud pública, la mortalidad perinatal y el aborto entre ellas. Contando con las diferencias de renta y riqueza, la gente vive más y los pobres son menos pobres que antes.

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Es lo que nos recordaba Deaton y amortiguaba un falso progresismo de quien hoy aún piensa que simplemente redistribuyendo, con el resto de parámetros por igual, se evitaría un número X de muertes. La salud sigue caminos distintos, y por fortuna no deterministas, a la evolución de la renta. Aunque sí es cierto que ambos confluyen en el bienestar de la población. Pero las relaciones unívocas y las falsas causalidades son cuestionadas con un buen análisis econométrico.

Así recuerdo aquella discusión en el 2001 con Deaton, hoy merecido premio Nobel.