29 mar 2020

Ir a contenido

Los vericuetos de la mente

Sublimes despistes

Juan Villoro

Es casi imposible consagrarse al intelecto sin desatender zonas más comunes de la vida

Ciertas virtudes se adquieren a costa de torpezas. Desde niño he atestiguado los disparates a los que lleva la actividad mental. Mi padre filosofaba a tiempo completo y decía «buenos días, señorita» al pasar ante una conocida, sin advertir que era su hija. En una ocasión salimos de una taquería y preguntó: «¿De quién es esta gorra?». Había tomado la funda de las tortillas, pensando que era una boina.

Los especialistas en pensar sucumben a despistes que confirman su pertenencia a otra realidad. En una ocasión coincidí con el escritor José María Espinasa en Guadalajara. Mi hermana Carmen, que vive ahí, nos invitó a desayunar para llevarnos después al aeropuerto. Llegado el momento de partir, pidió que subiéramos nuestras cosas a la camioneta. En el trayecto algo olió raro, pero guardamos silencio por respeto a los hábitos higiénicos de cada quien. Al llegar, descubrimos la causa de la peste: Chema había empacado la bolsa de la basura, creyendo que formaba parte del equipaje.

Resulta casi imposible consagrarse al intelecto sin desatender zonas más comunes de la vida. Nadie espera que un monje recuerde dónde dejó su coche, porque los monjes no tienen coche. En cambio, quienes desempeñan la versión laica del guía espiritual deben hacerlo. Pensé en esto hace unos días. Un profesor me recogió en el aeropuerto de Washington para llevarme a la Universidad de Maryland. Conversamos animadamente hasta que él advirtió que no sabía dónde había estacionado. De inmediato me simpatizó más. Admiro las leves chifladuras de quienes son demasiado inteligentes para distinguir la crema de la mayonesa o procurar que los botones de la camisa se abrochen en los ojales que les corresponden.

En una ocasión, Einstein se encontró a un amigo en la Universidad de Princeton. Hablaron durante un rato hasta que el profeta de la relatividad volvió al mundo real, donde resulta necesario almorzar. Para recordar si ya había comido o no, recurrió a un método científico: «Cuando nos encontramos, ¿yo venía de la izquierda o de la derecha?», preguntó a su interlocutor. «De la derecha», fue la respuesta. «¡Ahí está la cafetería! Quiere decir que ya comí». La escena resume el peculiar empirismo de los genios
De la Universidad de Maryland vine a la de Princeton, desde donde escribo estas líneas. Durante el desayuno encontré a la variopinta gama de científicos y humanistas que, al llegar al bufet, demuestran que no se dedican a trabajos manuales. En la mesa de al lado, un señor miraba el horizonte con la abstracción de quien resuelve ecuaciones. De pronto su esposa llegó para decirle: «¿Qué haces aquí? ¡Mary está en otra mesa!». «¡No me había dado cuenta!», dijo el profesor. Lo interesante es que Mary, que se encontraba a medio metro, tampoco lo había visto. Se disculparon con mutua sinceridad por no haber constatado su existencia.

Tarde o temprano, el testigo de esta capacidad de evasión se pregunta: «¿Soy suficientemente distraído para ser inteligente?». Me apresuro a confesar que, aunque suelo tener la mente en otra parte, no sufro los despistes extremos de quien incluye su corbata en un sándwich.

Lo comprobé hace unos años, en una cena organizada por una pareja de artistas visuales. La concurrencia pertenecía a esa franja de las artes y la diplomacia en la que abundan los cortes de pelo fantasiosos y cada frase incluye tres idiomas. En ese ambiente de piercings de joyería y zapatos puntiagudos, yo parecía un maestro de escuela nocturna. Al cabo de un rato, un mesero se acercó a preguntarme por el sitio de taxis más cercano. Poco después, otro quiso saber si «high ball» era lo mismo que «whisky con soda». Posteriormente, un tercer camarero pidió que le cambiara un billete que le habían dado de propina. Ante estas escenas sucesivas, una amiga me preguntó: «¿Por qué te piden todo a ti?». «¿Qué invitado es el que se parece más a los meseros?», le contesté.

Aquella noche sentí orgullo de estar más cerca de quienes ofrecían canapés que de quienes los comían. Sin embargo, mi reconciliación con lo real y sus constatables asperezas se viene abajo cada vez que un colega se evade por completo, así sea para quitarse el puente dental y jugar con él durante una mesa redonda.

Tal vez por tanto anhelar esa condición, olvidé mi tarjeta en un cajero. Después de recuperarla, analicé el despiste: ¿Una señal de sintonía con las mentes elevadas que escapan del mundo? Para nada. Si Einstein olvida que comió, es un genio; si tú olvidas tu tarjeta en un cajero, eres un idiota. La mente es extraña