El tránsito a la madurez

La salud mental en la adolescencia

Hemos avanzado mucho, pero hay que detectar de forma más precoz las conductas de riesgo

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Los profesionales de la salud mental observamos a diario el problema de la baja motivación de los adolescentes. El adolescente teme quedarse atrás y perder el tren de la vida y sufre muchas ansiedades. Estas provienen por lo desconocido, por el inquietante mañana del que hablan los adultos, y por lo desestabilizador que es tener que afrontar tantos cambios. De forma involuntaria, los adultos podemos transmitir una atmósfera pesimista, la de un mundo futuro lleno de dificultades. Deberíamos promover ilusión por el futuro y transmitir al joven confianza en sus capacidades. El adolescente debe poder experimentar el sentimiento de reconocimiento y éxito. Estas emociones le permiten motivarse para seguir esforzándose y perseverar en su trabajo y son la base de la autoestima.

Antes de hablar de los problemas de salud mental de algunos adolescentes, comentemos algunos de los aspectos normales de la adolescencia. Luis Feduchi, psiquiatra y psicoanalista, supervisor de muchos de los psicólogos y psiquiatras que trabajamos en la red de salud mental infanto-juvenil, habla de la tríada adolescente. Tres grandes ejes definen al adolescente: su imperativa necesidad de intimidad, la importancia que concede al grupo de amigos y la verificación en la realidad de sus propias capacidades y límites.

La necesidad de intimidad está caracterizada por el deseo de mantener  a los padres al margen de algunos aspectos de su vida. La importancia del grupo, por el deseo de formar parte de un colectivo de iguales que les acepte, les acoja y les permita compartir penas y alegrías. Y la de la verificación por la curiosidad y la necesidad de cuestionar los límites impuestos, provocando conflictos con el mundo adulto: disputas por el horario, consumo, conductas de riesgo etcétera.

Si el entorno es muy restrictivo y/o demasiado laxo, si ha habido algún problema importante en el desarrollo del niño a lo largo de los primeros 12 años de vida y/o algún factor biológico que predisponga, pueden ocurrir tres grandes cosas, todas ellas problemáticas. 1) Que el adolescente se someta y se perpetúe en la etapa infantil anterior. Son los adolescentes demasiado tranquilos, apegados a los padres y a los que parece asustar el mundo de los adultos. 2) Que reaccionen con agresividad hacia otros o con autoagresividad (en ocasiones llegando a consumar el suicidio). 3) Que vivan en una realidad paralela que les impide enfrentarse a los retos diarios de la vida.

Los tres casos pueden ser muy problemáticos, llegando a conformar trastornos psiquiátricos importantes como la depresión, la anorexia nerviosa y la bulimia, trastornos obsesivos, fobias, trastornos de personalidad, adicción al mundo virtual y brotes psicóticos que pueden dar lugar a una futura esquizofrenia.

El acto de acudir al psicólogo y/o al psiquiatra afortunadamente se ha normalizado. Los profesionales están cada vez mejor preparados y formados en técnicas terapéuticas que han demostrado evidencia científica. Nuestro sistema de salud ha ido cubriendo, cada vez más y mejor, las necesidades de atención de estos jóvenes y sus familias. Los hospitales de día comunitarios para las crisis adolescentes son un ejemplo de este progreso.

En la salud mental infantil y juvenil cabe resaltar el gran avance realizado, empujados por nuestros pacientes y sus familias, en la coordinación entre los diferentes agentes de la salud, los servicios sociales y las escuelas. El trabajo en red nos permite afrontar la segmentación de los servicios de salud, integrar recursos diagnósticos y terapéuticos y mejorar la continuidad asistencial. Además, en muchos casos nos permite reducir hasta un 15% el tiempo de duración del tratamiento.

Esta implicación en el trabajo en red ha sido posible gracias al abandono de las históricas rencillas entre las diferentes disciplinas (psicología, psiquiatría, trabajo social, educación social y enfermería) y entre las diferentes teorías y marcos de comprensión de la patología mental (especialmente la visión psicoanalítica y la biológica) para ir adquiriendo cada vez más y mejor la necesidad de integración.

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Pero en vísperas del día mundial de la salud mental (mañana, día 10) queremos exigirnos algo más. Una salud mental del futuro debe intervenir cada vez más precozmente en las crisis psicológicas y los estados mentales de riesgo de niños y adolescentes. Necesitamos una red sanitaria, social y escolar formada para fomentar la salud mental y detectar situaciones de riesgo. Si además atendemos estas situaciones con rapidez, y con las herramientas adecuadas -como el trabajo interdisciplinar bien coordinado por los profesionales de la salud mental-, podremos evitar y prevenir trastornos, disminuir su gravedad o evitar su cronificación.

Firma también el artículo Teresa Ribalta, directora asistencial de la Fundació Orienta.