Análisis

Trincópolis en todo su esplendor

Los ciudadanos son los paganos últimos de desmanes que no eran un vicio solitario

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Rodrigo Rato los procesos se le acumulan. Ayer compareció de nuevo ante un juez de instrucción. El antes máster del universo, como diría Tom Wolfe, es una muestra más que palmaria de lo acontecido en España cuando iba bien: el fraude por bandera. Por lo que está trascendiendo, ha escalado cotas señeras en el hit parade de Trincópolis.

Paradigma de la decadencia en vigor (de Gürtel a Púnica, pasando por el Palau de la Música y los ERE), coronada por UrdangarinRato tiene tres frentes procesales abiertos por presuntos hechos delictivos. Uno, por su gestión al frente de Bankia y su cabalgata de engaños por su salida a bolsa, que ha costado al bolsillo de los españoles (no al erario) una millonada que nunca se reintegrará. Otro frente, también en Bankia, lo constituye el hecho de que unos cobrones de tomo y lomo dispusieran encima de las famosas tarjetas black, opacas contable y fiscalmente, con las que satisfacían apetitos no solo gastronómicos y otras mamandurrias.

Finalmente, hace unos pocos meses supimos del caso de la defraudación fiscal de Rato, otros ilícitos penales y el posible blanqueo de capitales. Para ello se sirvió de testaferros; entre otros, su secretaria personal. De esta trama, que la opinión pública conoció por su ya viral detención, han trascendido oscuras sociedades pantalla en el extranjero, así como otra granujada que, por ahora, pone la aparente guinda en este tóxico pastel de avaricia sin límites: algunas operaciones consistirían en esquilmar al banco del que era jefe máximo contratando con empresas que prestaban servicios a dicha entidad. Estos servicios, necesarios o no, comportarían un sobrecoste, pues comprenderían las comisiones para Rato y sus compinches de rapiña. Ahí radica el perjuicio para la entidad, sus accionistas y los ciudadanos, paganos últimos de unos desmanes que, como sabemos, no eran un vicio solitario sino multitudinario. Sobre todo este entramado Rato fue interrogado ayer por el juez de instrucción, y salió del juzgado solo sin el pasaporte.

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Hace ya algún tiempo, en un trabajo académico me ocupé del directivo como fuente de peligro para su compañía. Hablaba de lo que ahora es el nuevo delito de la corrupción privada, por desgracia defectuosamente perfilado. Cuando una sociedad mercantil entrega la dirección de la misma a sus consejeros y altos directivos, además de los poderes notariales en los que constan sus facultades, por lo general generosamente delegadas, les entrega con esa documentación algo capital: les entrega confianza. Confianza en que desempeñarán su cargo y cumplirán los deberes impuestos por las leyes y los estatutos sociales con la diligencia de un ordenado empresario. Confianza que parece defraudada.

Ya no llama la atención que ante tales escándalos, nacidos en el huevo de la serpiente de la corrupción político-económica, salieran en tromba, digamos, amigos enarbolando la bandera de la decencia del implicado y denunciasen toda clase de conspiraciones en su contra. Llama, sin embargo, la atención que en el currículo de estos otrora magnates nadie haya atisbado ningún indicio de sospechaRato pasó por la vicepresidencia del Gobierno (que incluía la jefatura suprema de la Hacienda española), por el FMI y por un sinfín de consejos de multinacionales hasta crucificar a Bankia. Todo ello, al parecer, sin dejar de hacer negocios paralelos y opacos a espuertas. Estas y otras entidades deberían repasar sus cuentas, hacer públicos los resultados y prevenir otros expolios. No vaya a ser que pase lo que con el Lazarillo de Tormes: el ciego sabía que Lázaro comía las uvas de dos en dos porque él las comía de tres en tres, pero no protestaba.