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Tribuna

Íntimo amigo y gran maestro

Antonio Asensio Mosbah

La muerte de Juan Llopart nos ha dado un duro golpe a todos los que trabajábamos con él. Al dolor por la pérdida del compañero se une la tristeza inmensa por la marcha eterna de un gran amigo personal.

Conocí a Juan en el año 2008. Yo tenía 27 años y él 58. Le ofrecí que viniera a trabajar al Grupo Zeta conmigo y fue una verdadera bendición que aceptara. Gracias a su carácter transparente y sincero, me fue fácil conocer a la persona que era exactamente y nunca me defraudó. El paso del tiempo solo hizo aumentar en mí esa imagen de hombre auténtico, íntegro y honrado que era. Recuerdo con cariño y simpatía la negociación que mantuvimos para su incorporación a Zeta. Ahí empecé a conocer su fuerte personalidad, su graciosa cabezonería, que nos condujo, nada más ni nada menos, a mantener nuestra primera y única discusión. Y eso que es muy bueno que los amigos se enfaden de vez en cuando. Esta actitud tan firme, tan decidida, me gustó, viniendo sobre todo de una persona muy brillante, con una enorme experiencia y de una gran talla y prestigio profesional, que, además, se iba a adentrar en un sector como el de la comunicación, absolutamente desconocido para él.

Porque Juan era, ante todo, valiente, inteligente, generoso y con mucha seguridad en sí mismo. No provenía del mundo de los medios, pero llevado por su curiosidad innata y por su propia sabiduría natural asimiló en tiempo récord las claves que mueven el universo de la información. Le atrapó esta apasionante aventura y planeamos y planificamos estrategias para situar a nuestro grupo en la punta de lanza de las innovaciones periodísticas y tecnológicas. Trabajó codo a codo a mi lado, día tras día, hora tras hora, durante siete años,  junto con el resto de directivos encabezados por Conrado Carnal, con una lealtad y una complicidad admirables. Sin sus valiosas aportaciones y sin su trabajo incansable, caracterizado por el perfeccionismo, la excelencia, el rigor y el compañerismo, hubiera sido imposible fortalecer e impulsar el Grupo Zeta hacia el futuro.

De nuestro contacto diario profesional en el Grupo emergió, por fortuna para mí, una relación de tanto afecto y confianza que acabó, como no podía ser de otro modo, en una amistad íntima y profunda, gracias a los sentimientos e inquietudes que compartíamos en muchos ámbitos de la vida. Era una amistad tan entrañable que como es lógico se extendió también a nuestras familias. Hemos disfrutado de momentos personales inolvidables, que nos han proporcionado enormes alegrías. Es verdad que la amistad sincera y desinteresada lo es todo en la vida. María Luisa, tú, tus hijos y tus nietos sabéis que siempre vamos a continuar a vuestro lado, igual que hasta ahora, y podéis estar muy orgullosos de Juan, para quien la familia siempre fue un refugio que mimó como un gran tesoro. Y quiero deciros bien alto, querida familia, que vuestro comportamiento, vuestra ternura y cuidados hacia Juan durante la enfermedad, especialmente tuyos, María Luisa, han sido maravillosos y ejemplares.

A pesar de la enfermedad, que le fue debilitando poco a poco en los dos últimos años, mi amigo Juan fue un auténtico luchador, que siguió trabajando con ahínco hasta el último instante de su vida en sus responsabilidades profesionales. Al final, se ha ido, pero nunca podré olvidar el ejemplo de perseverancia, lealtad e ilusión por las cosas bien hechas que nos ha legado a todos los que le conocimos. Juan vivió como pensó, y murió siendo fiel a sí mismo. Afrontó el final inevitable con la misma entereza, dignidad y lucidez que demostró en su vida, cuidando hasta el último detalle antes de dejarnos definitivamente. Un testimonio vital inolvidable.

Son momentos muy dolorosos, y así los siento en lo más profundo de mi alma, pero también son momentos para recordar y presumir de las muchas cualidades y logros personales y profesionales de Juan. Era un hombre extraordinario al que siempre tendré en mi corazón. Fue un excelente maestro para mí y siempre le estaré agradecido por todo lo que aprendí a su lado. Con nosotros se queda la herencia de su ejemplo, la de su personalidad arrolladora y el deber de honrarle con trabajo y responsabilidad. De los pocos pensamientos que me puede aliviar también en estos momentos tan tristes es pensar que mi querido padre y Juan van a poder conocerse al fin. Y seguro que en ese encuentro se fraguará una intensa y sólida amistad.