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mi hermosa lavandería

Chrissie Hynde y la bata de boatiné

Isabel Coixet

En unas recientes declaraciones, subrayando lo que ya dice en su autobiografía 'My life as a pretender', mi admirada cantante de flequillo ultralargo, Chrissie Hynde, dice que ella se siente responsable de la violación múltiple de la que fue objeto en su juventud. Básicamente cuenta que, en su momento, cuando una pandilla de motoristas la invitaron a una fiesta, ella, en vez de irse con ellos, lo que debió hacer es irse a su casa. Hace extrapolación de su experiencia a las mujeres de hoy en día: si no queréis que os violen, no vayáis de noche con escote, tacones y minifalda por lugares oscuros donde pululen hombres con ganas de follar. La tormenta de respuestas que han recibido estas palabras sigue llenando la red de discusiones acaloradas, desde aplausos laudatorios hasta brutales críticas. Ya no es posible, por desgracia, en ningún terreno, que un personaje famoso diga lo que piensa sin que el mundo se divida en dos bandos. En este caso, creo que la discusión es saludable y legítima: viene de alguien con una carrera musical impecable, con un carisma brutal, que no ha tenido una vida nada fácil y que no duda en revisitar el pasado, autoflagelándose.

La cantante del grupo Pretenders aprovecha también para cargar contra las cantantes pop que salen vestidas con taparrabos y saltan y brincan y se despelotan para vender sus canciones. No habla, en cambio, de los chicos que salen con el torso desnudo frotándose el paquete y brincando como sus colegas chicas. La provocación sexual es parte del ADN del pop desde que Elvis empezó a mover las caderas. Que la música sea o no una mierda es otro tema. Hynde nunca necesitó despelotarse en escena. Pero habiéndola visto en concierto varias veces, puedo afirmar que también ha utilizado su 'sex appeal'. De chaqueta negra de cuero y pantalón negro megaajustado, pero 'sex appeal' al fin y al cabo. Personalmente prefiero ese estilo que los 'microshorts' de Taylor Swift o los tangas de Miley Cyrus, pero defenderé a muerte el derecho a que se pongan lo que les dé la gana.

Sufre Chrissie un síndrome, bastante común entre mujeres de éxito con un pasado turbulento: olvidarse de que en el mundo hay tantos hombres como mujeres y de que no se puede responsabilizar a un género únicamente de lo que le pase al otro, especialmente si es mayormente un género el que es violado cada día sistemáticamente en todo el mundo. Sí, claro que es de sentido común que la combinación escote-minifalda-tacones no debe de utilizarse a las cuatro de la mañana en zonas oscuras y solitarias. Pero también debería ser de sentido común en un mundo normal que si un tipo o tipos se encuentran a una mujer sola, lo primero que se les ocurra no sea violarla, sino llevarla a su casa sana y salva. No puede ni debe ser que la consecuencia de llevar un vestido así o asá sea que te expongas indefectiblemente a una violación. Ni el trapo, por muy escueto y hortera que sea, ni la mujer que se lo pone son los responsables del crimen. El crimen lo comete el que no controla su bragueta. Ninguna mujer va por ahí pidiendo que la violen, y aun si fuera así, nadie debería hacerlo. Aunque lo estuviera suplicando. Es un crimen. Horrendo. Punto. Y Chrissie se olvida de una cosa: a mujeres de 90 años con bata de boatiné también las violan.