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Análisis

'E pur si muove'

Enric Marín

Rajoy es un espectro político en el que caricatura y personaje se han confundido. El Estado tiene un problema mayúsculo

Desde el 2003 el soberanismo catalán y España juegan una compleja partida de ajedrez. Hasta ahora, el movimiento más determinante ha sido el 27-S. Pues bien, a la luz de los resultados, la posición del Estado es más precaria y la del soberanismo más fuerte. Es cierto que el voto independentista ha estado por debajo del óptimo imaginable, pero la holgada mayoría independentista en el Parlament es un hecho histórico y garantiza margen suficiente para dar continuidad al proceso soberanista. También es cierto que la gobernación puede ser particularmente compleja, y los ritmos políticos dependerán de la reacción de Madrid. Pero la política española está en stand by hasta pasadas las generales... Mal negocio. En el momento más crítico, el Estado no tiene capacidad de respuesta política. Solo hay espacio para la especulación electoral partidista.

Aparentemente no lo ven, pero delante de las narices de las élites políticas, económicas y mediáticas españolas está acabando de tomar forma lo que más se parece a una tormenta perfecta. La frágil recuperación económica está hipotecada por una crisis de credibilidad institucional sistémica y unas variables económicas, tales como el precio del petróleo o del dinero, que escapan del control del Gobierno español. Y a esto hay que añadir la incapacidad manifiesta de estas élites para hacer un diagnóstico mínimamente aproximado al momento que vive la sociedad catalana.

Pero vamos a cosas más prosaicas. ¿Quién ha ganado y quién ha perdido en estas elecciones? Parece obvio.Han ganado Junts pel Sí, la CUP y Ciutadans. Han perdido Unió, el PP y Podemos / ICV. El PSC también ha perdido, pero poco, y con ello ya están bastante contentos. Ahora bien, la realidad política acostumbra a tener aspectos paradójicos que escapan al esquematismo de titulares periodísticos. La única esperanza que tenía el unionismo ilustrado en estas elecciones era un resultado más modesto del independentismo junto a un crecimiento significativo de las terceras vías representadas por Podemos / ICV, PSC y Unió.

Este resultado proyectado en las elecciones españolas permitiría especular con la posibilidad de abrir algún tipo de proceso constituyente en España más sensible con la realidad plurinacional. Pero el pinchazo global de estas opciones y la emergencia del partido de Albert Rivera -alegremente celebrada por el nacionalismo español- es una pésima noticia para las izquierdas españolas. Empieza a ser obvio que la gobernación de España dependerá de la relación de fuerzas entre PP, PSOE y Ciutadans. Se mire como se mire, más jacobinismo carpetovetónico.

El profesor Javier Pérez Royo ha hecho un sólido análisis de la improbabilidad de la reforma constitucional («La reforma inviable de la Constitución»). Pues bien, no parece que el reforzamiento de la figura de Rivera ayude a abrir perspectivas de diálogo para facilitar el encaje constitucional de Catalunya en España. Conclusión: después de estas elecciones, Rajoy ya es un espectro político en el que caricatura y personaje se han confundido. El Estado tiene un problema mayúsculo con un margen de maniobra estrechísimo. Y la opinión pública internacional es plenamente consciente.

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