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El debate sobre las tradiciones

El Toro de la Vega está muerto

Reyes Mate

Hemos descubierto que hay relación entre la violencia contra animales y la ejercida contra seres humanos

«Si nos quitan esto, Tordesillas se hunde» decía un vecino del pueblo. «Esto» era el Toro de la Vega; y lo que se «hundía», no era el negocio de bares por la posible deserción de forasteros, sino la razón de ser del pueblo y de sus habitantes.Tordesillas es una  villa castellana con historia y belleza monumental. Allí se firmó el tratado entre España y Portugal, ante la autoridad del Papa, con el que los dos países ibéricos se repartieron el Nuevo Mundo. En el convento de Santa Clara, asentado sobre el palacio árabe que sigue impresionando por su lujo y refinamiento, intrigantes palaciegos recluyeron por loca a Juana, la madre del Carlos I. Un lugar, pues, con conciencia histórica pero que desde antiguo cifra su identidad en un gesto tradicional como el lanceamiento de un toro en la ribera del Duero.

En asunto de tradiciones, mandan los sentimientos que son ciegos y, a veces, matan... animales, pero no solo. En la obra teatral Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano, tan convincentemente interpretada por Josep Maria Pou, vemos que se acusa y condena a este ciudadano ejemplar por enseñar a los jóvenes «a no creer en los dioses en los que cree la ciudad». Los dioses en cuestión eran los valores establecidos, encarnados por los notables de la ciudad -políticos, ricos y poetas-, y con los que Atenas habían construido su prestigio. Le costó la vida. La tradición ha sido un valor sagrado que ha traído de cabeza a las mentes más lúcidas de Occidente. Dominaba la idea de que la verdad está en lo más original, en los principios, por eso se pensaba que los antiguos habitaban más cerca de los dioses que los que vinieron después. Los valores o las virtudes consistían pues en respetar las costumbres vigentes. Por algo la palabra ética significa costumbre.

Pero la vida es cambio. Y tan cierto como que lo original es un grado, es la experiencia de que a la infancia sigue la madurez. El conflicto entre los que querían el cambio y defendían lo heredado, era inevitable. Esto es lógico. Lo sorprendente es que hayamos tenido que expresar ese choque en términos trágicos. La humanidad inventó la tragedia para expresar la dureza de ese conflicto. La obra de Sófocles Antígona plantea un conflicto entre la costumbre (la ley) que  prohíbe enterrar a los traidores y su conciencia que le pide enterrar piadosamente a su hermano Polinices. Por seguir su conciencia murió en nombre de la tradición.

Ese conflicto trágico se reproduce en la vida social y política constantemente aunque sin el rigor agónico de las tragedias griegas. La prueba de que no es fácil dejar atrás las tradiciones es que aún hoy siguen alimentando los sentimientos identitarios. Les pasa a los de Tordesillas y a los de cualquier lugar del mundo. Pero también es indiscutible que las tradiciones se mueven. Mueren unas y aparecen otras. Y no todas valen lo mismo. Las que se han ido desmoronando por pérdida de legitimidad son las que avalan o fomentan el sufrimiento de los demás.

Había en España fiestas tradicionales de moros y cristianos que suponían una clara humillación a la memoria de los judíos y moriscos expulsados. Han ido desapareciendo y las que siguen están  a merced del grado de sensibilidad social reinante. Tradiciones como la ablación del clítoris ya son catalogadas como delitos. Bueno, pues la sensibilización ante el sufrimiento alcanza también a los animales. Y conviene aclarar que lo que está en juego no es solo el sufrimiento del animal, sino la humanidad de los humanos que se lo causan. Los animales sufren y por eso vamos dando pasos en el sentido de abandonar prácticas humanas que produzcan sufrimiento innecesario. Pero no solo por el bien de los animales. La imagen del arriero dando palos a un jumento sobrecargado ya no hace gracia a nadie.

En Tordesillas, y en los demás pueblos de esa comarca castellana, ya no se tolera lo que hasta hace pocos años era algo tan habitual como que vecinos apostados tras las talanqueras apalearan con varas y porras a los toros del encierro. Hoy se les abuchea. Soportamos cada vez menos el maltrato animal porque hemos descubierto que hay una relación entre la violencia contra cosas y animales, y la violencia contra seres humanos. Parte de la pedagogía contra la violencia machista, por ejemplo, pasa por descubrir lo que hay  de violencia antihumana en el maltrato animal. Lo uno predispone a lo otro,

Y  quienes de niños acudíamos al Toro de la Vega tenemos que reconocer ahora que lo que allí ocurre no tiene ninguna grandeza estética. El hombre no expone nada (y hace bien), pero por eso la muerte del animal más parece el ensañamiento de unos mozos excitados por el miedo ante un toro acorralado. El Toro de la Vega del Duero está muerto aunque sus enterradores no se hayan enterado.

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