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Los sábados, ciencia

El agravio científico con Catalunya

Manel Esteller

La distribución de los recursos del Estado para investigación se hace con criterios políticos subjetivos

Existe la idea generalizada de que la investigación en Catalunya va bien, mejor que en el resto de las comunidades autónomas del actual Estado, y que en ciertas disciplinas, como en investigación biomédica, somos los más punteros a nivel mundial. Y, en líneas generales, es básicamente cierto. Pero la pregunta es saber hasta cuándo. ¿Hasta cuándo podremos mantener este nivel adecuado? Porque uno tiene la sensación de que hace unos cuantos años que no subimos más y que estamos llegando a la línea plana. Y lo que no sube, acaba bajando. ¡Que se lo pregunten a nuestras carnes! El motivo de este estancamiento no es ni el potencial humano y profesional de nuestros investigadores, ni la voluntad de los diastintos gobiernos de la Generalitat para fomentar la investigación, ya que todas las sensibilidades políticas que han estado en ella la han apoyado. Uno de los principales problemas radica en que la distribución de los recursos económicos para investigación desde el Gobierno central se hace con criterios políticos subjetivos que se imponen muchas veces a las razones objetivas. Y eso hay que decirlo y la gente debe saberlo.

Pongamos algunos ejemplos. No me gusta evaluar proyectos estatales para los ministerios y otros órganos oficiales. Uno de los motivos es bien simple. Recuerdo una reunión en la que científicos (de todo el Estado) revisamos la calidad de los proyectos que se presentaban para ser financiados. Cuando entregamos la lista, resultó que en buena parte de los mismos el investigador principal (catalán o no) hacía su labor de investigación en nuestro país. Rápidamente, alguien lo corrigió: «No puede ser, hemos dado demasiados a Catalunya». Y dicho y hecho, pusieron la política por delante y rehicieron la lista. De nada sirvieron las protestas. Una injusticia, un agravio más.

La voluntad de estimular la investigación por parte de los dos partidos mayoritarios en el Estado ha sido escasa, por no decir nula. Uno pone palabras pero no hace nada, y el otro ni siquiera se esfuerza en disimular. Esta legislatura del PP ha significado una reducción del 40% del presupuesto en investigación. Vergonzoso. Pero el problema real del círculo de políticos y legisladores de la capital es que no creen que la investigación, la innovación y la educación sean importantes. Todos tienen demasiados intereses en áreas económicas especulativas. Y les gusta moverse en la demagogia y el populismo, lo que ahora se llama gobernar a golpe de encuesta.

Ahora que el expresidente Felipe González ha salido de su retiro de oro, hay que recordar una historia. Hace muchos años, un grupo de científicos españoles de buena fe fueron a verlo para pedirle si podría aumentar el presupuesto de investigación. Él los recibió con su puro y les dijo: «Síganme». Abrió la puerta del balcón y señalando hacia fuera les dijo: «Si me llenan esta plaza, las daré más dinero para investigar». Un ejemplo de lerrouxismo y de las prioridades de estos partidos estatales. Somos muchos los científicos que no nos sentimos cómodos formando parte de un país así.

Los sesgos impuestos desde el Gobierno central, que no permiten incrementar más la calidad de la investigación catalana, permitirían hacer un memorial de agravios. Intentando no hacerme demasiado pesado por ser sábado, comento algunos. Cuando los investigadores de aquí compiten para buscar recursos en la Unión Europea, somos los mejores en esta área. Si la financiación no viene directamente de Bruselas a Catalunya y debe hacer una parada en la Corte y ser distribuido, queda significativamente reducida. ¿No se ha preguntado nunca por qué los grandes centros de investigación nacionales se hacen todos en Madrid y ninguno en Barcelona? Es la versión en ciencia de la España radial imaginaria del tren de alta velocidad.

Entre los investigadores de aquí y de allí suele haber buena sintonía. No tenemos ni tendremos nunca problemas para trabajar juntos. Incluso en estos últimos difíciles años las colaboraciones fructifican. Entendemos que el bien común está por encima de todo. Y nos gusta viajar y experimentar otras culturas. Yo mismo viví siete años maravillosos en Madrid, y guardo buen recuerdo de su gente y de la ciudad. El problema radica en la cultura y mentalidad instauradas en sus clases dirigentes políticas, económicas y legislativas.

Mejor explicarlo con una historia. Cuando aún vivía en Madrid, una fundación benéfica con sede en la capital del Estado me concedió una ayuda para una de mis investigaciones. En el cóctel tras la concesión, una marquesa se me acercó y haciendo bailar la copa de champán me dijo: «¡Qué contenta estoy de que haya ido a parar a usted esta beca y no a un catalán!». Debía pensar por mi apellido (allí se pronuncia la erre final) que yo era de Navarra o vaya a saber dónde. Y la desdichada noble olvidaba que las enfermedades no tienen fronteras y que hay que financiar la investigación de mayor calidad con independencia (nunca mejor dicho) de quien la haga o desde donde la haga. Nos vemos, amigos. 

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