EL RADAR

Perplejidades

La incertidumbre reina en estas elecciones anómalas en un proceso anómalo en un país anómalo

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«Catalunya está en capilla ante una gran operación. Como en cualquier intervención quirúrgica, se sabe cómo se entra en el quirófano pero no cómo se sale», escribía Oriol Domènec (91 años, médico, claro, y de Barcelona). A la vista del alud (sin exagerar) de cartas en torno al 27-S que recibimos en Entre Todos, algunas conclusiones a vuelapluma. La primera, ineludible: los ciudadanos mantienen en las páginas de EL PERIÓDICO un debate más rico, matizado, sereno y constructivo que los que protagonizan numerosos políticos en activo y algún que otro expresidente del Gobierno.

Ello no supone renunciar a la contundencia argumental. Y, afortunadamente, tampoco al sentido del humor: «Señor Mas, encontré por la calle un paquete con su nombre y una brújula. Quisiera saber si la ha tirado porque no le interesa saber dónde está el norte», decía Margarita González (61 años, funcionaria, Sitges).

Hay pasión, conciencia de vivir días decisivos, de que esta vez va en serio, de que nos la jugamos. Hay sed de información clara, de explicaciones sólidas sobre qué se decide en realidad, qué puede pasar a partir del 28-S. «Yo, si fuera de ellos, buscaría argumentos para explicar a los catalanes en qué nos beneficia seguir formando parte de España, porque hasta ahora, a parte de insultar, solo han intentado asustarnos», recrimina a unos Teresa Calveras (64 años, pensionista, Barcelona), «Hurtan el debate, reduciéndolo a cuestiones viscerales en vez de racionales. Pero todo sea por la patria», atiza a los otros Josep Abril (53 años, teleoperador, Sabadell), Hay demasiadas incertidumbres. Y, sobre todo, perplejidad ante las paradojas que brindan estas elecciones anómalas en un proceso anómalo en un país anómalo.

Veamos algunas: para empezar, una lista con el cabeza de lista en el número cuatro. Y ante unas elecciones al Parlament planteadas como plebiscitarias, los mismos que no querían un referéndum ahora exigen que nos contemos como si fuera un referéndum, y los que sí querían el referéndum dicen que bueno, esto es otra cosa. Por fin vamos a contarnos, sí, pero cada cual se va a contar como le dé la gana.

Más: sea esto unas elecciones, un referéndum, un plebiscito o lo que sea, de ello debe salir un Govern que se supone que tendrá que gobernar. «Pienso que afectará más a la vida de la gente cambiar políticas que fronteras», sostiene Xavier Riu (61 años, maestro, Barcelona).

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Y quizá la mayor de todas: hay momentos en que parece que se olvide que en este proceso hay una contraparte decisiva, el Gobierno español, cuya actitud en muy buena medida explica cómo hemos llegado hasta aquí y, más que probablemente, lo que nos espera. Para los convencidos del 'sí' y del 'no', la situación es de una claridad meridiana (con perdón). Pero para los que quisieran explorar otros caminos y reformular la relación entre Catalunya y (el resto de) España, la táctica del avestruz de Rajoy y compañía es plomo en el ala: los del 'sí/no', para entendernos, tienen motivos más que fundados para temer que el 'no' se apropie de sus votos y que al final, la única posibilidad que entreabra la puerta a sus planteamientos sea... un muy buen resultado del sí.

En palabras de Dionís López (68 años, barcelonés, ingeniero técnico industrial y economista jubilado),«si los partidarios de la independencia obtienen la mayoría de escaños y de votos, será muy difícil que el Gobierno de España, aconsejado por la UE, no acceda a abrir negociaciones. La mejor solución para todos -también para la UE- sigue siendo un referéndum consensuado, como el de Escocia, donde las dos partes expliquen claramente los pros y los contras del  y del no y la gente vote en consecuencia y sin miedo. Pero para eso hace falta primero obtener la fuerza democrática necesaria». Para estar perplejo, como poco.