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El segundo sexo

Espionaje doméstico

Care Santos

Los meses de calor y las ventanas abiertas despiertan nuestro interés por las vidas ajenas

Una vez seguí a un señor por la calle para saber cómo terminaba una historia. Todo empezó en una terraza de la plaza del Pi de Barcelona. Tarde tibia, sol primaveral. Yo leía. Él hablaba con su mujer por teléfono. Llamaba para avisar de que llegaría tarde. «Muy tarde», se corrigió. Tenía que recibir a un cliente italiano, dijo, porque Gómez se lo había pedido. «Cena y copa, lo de siempre», dijo. Y añadió: «Estoy camino del aeropuerto», mientras removía el cortado. Nada más colgar –expresión de traviesa satisfacción– marcó otro número, acarameló la voz y comenzó a dar instrucciones a alguien a quien llamaba «cariño». Dónde debía esperarle y con qué ropa interior. O más bien sin qué ropa interior, porque su deseo era que acudiera a la cita sin bragas, informó. Creo que no hablaba con el cliente italiano. Cinco segundos antes de colgar, pagó el café. A estas alturas yo ya no me perdía ni una sílaba de la conversación, siempre fingiendo leer. Ya se iba cuando su móvil comenzó a sonar. Contestó con voz adusta. A dos pasos se detuvo, cabreado: «¿Cómo que has llamado a Gómez?», preguntó, «¿me estás controlando o qué?».

No tuve otro remedio que seguirle. Necesitaba saber cómo terminaba la historia. Pagué y corrí para alcanzarle en Petritxol. La discusión le forzaba a detenerse. Yo disimulaba mirando algún escaparate o buscando algo en mi bolso. El pobre estaba en un apuro, que resolvió antes de llegar a la mitad de Portaferrissa. Llamó a Gómez, le preguntó si en efecto había hablado con su mujer, le pidió –en un tono nada amistoso– que se abstuviera de hacerlo de ahora en adelante y luego llamó a la solícita desbragada y le pidió que le esperara de igual guisa pero el día siguiente, porque acababa de presentarse por sorpresa un cliente italiano muy importante a quien debía atender esa noche. «Estoy camino del aeropuerto», añadió. Le tocó consolar a la amante y luego llamar a su mujer para desbravarla con zalamerías y mentiras. «Te estaba preparando una sorpresa, tonta, pero me has descubierto», mintió de nuevo. La mujer no le creyó, claro, y él se puso colorado cuando dijo: «No me hables de separación, que no hay para tanto. Voy a casa y hablamos». Pensé que tal vez ella seguramente tenía una aventura con Gómez. Y ahora también tenía una excusa estupenda para dejar a su marido. Igual llevaba años esperando su oportunidad. Intuí que aquella iba a ser una noche muy larga para mi perseguido, su esposa, la amante y tal vez también para Gómez. Por desgracia, no pude saber nada más. Al llegar a Portal de l’Àngel con plaza de Catalunya, mi perseguido entró en un taxi y se alejó para siempre. Como suele ocurrir en la vida, me quedé sin conocer el final de la historia.
No es casual que haya recordado esta anécdota precisamente ahora. Los meses de calor y ventanas abiertas despiertan el interés en las vidas ajenas. La zona en la que vivo es como una caja de resonancia y entre mis vecinos reina una inquietante crispación. Escuchar no requiere ningún esfuerzo. A veces gritan más que la acción de Juego de tronos.

La parejita joven del segundo, por ejemplo, discute a diario entre las cinco y las siete de la tarde. Ella encadena preguntas con reproches. Él se muestra perplejo y despectivo. En sus palabras late el drama a cada segundo. Hablan mucho de duchas, jabón y pieles atópicas. Creo que él querría que su novia se duchara más, pero ella no puede, pobrecilla, porque le salen rojeces si no se limita a las dos duchas semanales que le prescribió su dermatólogo. Curiosamente, él no se ablanda ante argumentos tan rotundos, aunque se reconcilia con ella después de anochecer, y los sonidos que ambos profieren no dejan lugar a dudas.

Luego está la familia del cuarto. Se les ha ocurrido aprovechar el mes de agosto para hacer obras en casa. El padre, que es un manitas, se encarga de todo, pero encuentra la resistencia del hijo adolescente –que discute por cualquier minucia– y de la mujer, que cada cinco minutos se proclama hasta el moño de todo. La localización de un enchufe en el salón les costó la semana pasada cinco horas de amargas discusiones. Al principio yo achacaba las dificultades a la edad del niño, que acaba de cumplir 17, pero ya no sé qué pensar. Me tienen muy preocupada. Las obras se les eternizan.

Y continuaría, si tuviera espacio suficiente, con esta crónica del espionaje doméstico. Es uno de los alicientes del verano junto con la tranquilidad de las mañanas, la sandía de la cena y las comidas en el patio. Material de calidad para cualquier constructor de historias. No saben lo que disfruto, y lo que les agradezco a mis vecinos sus generosas aportaciones. Creo que, en el fondo, este artículo no es más que una advertencia: si un día se mudan a mi vecindario, cierren las ventanas o aténganse a las consecuencias.  

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