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Luz tras el drama de Germanwings

La catástrofe sirvió para comprobar que queda mucha humanidad en una sociedad alienada

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Familiares de una de las víctimas españolas depositan flores en el monolito  instalado en Le Vernet, en los Alpes.

Familiares de una de las víctimas españolas depositan flores en el monolito instalado en Le Vernet, en los Alpes. / FERRAN SENDRA

Un joven piloto sumido en una depresión suicida convirtió su tragedia personal en la desdicha de 144 pasajeros y cinco tripulantes de un vuelo que unía Barcelona con Düsseldorf. Sucedía el 24 de marzo, y al margen de la investigación, de los rumores, de los partes médicos, de las tertulias mañaneras, del reparto de culpas, del rateo con las indemnizaciones y del paseíllo entre innecesario y melodramático de Merkel, Hollande y Rajoy, la catástrofe de Germanwings sirvió para demostrar que todavía queda mucha humanidad en una sociedad cada vez más alienada. La respuesta de los pueblos salpicados por el desastre, de los equipos de rescate, de la gendarmería, de los psicólogos, muchos de ellos catalanes, y de los políticos locales fue el primer consuelo que recibieron los familiares que se desplazaron a Seyne-les-Alpes y a Le Vernet para pasar la primera página de un duelo del que ya nunca podrán desprenderse.

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De todos aquellos días en los Alpes me quedo con la ceremonia del 26 de marzo junto al monolito en recuerdo de los fallecidos. Está colocado frente a la imponente montaña en la que cayó el Airbus, y hasta ahí viajaron cerca de 200 allegados, sobre todo desde España y Alemania, los países con más nombres en la lista de víctimas. Ese mismo día, por la mañana, en Marsella, el fiscal Brice Robin, un hombre que durante esas crudas jornadas dio una lección legal y emocional a tanto barniz morboso, les había informado de que el siniestro había sido intencionado. Al abatimiento le añadieron el cabreo y la indignación, pero al rato, en ese prado de Le Vernet, el silencio venció a la ira. Y quizás, por primera vez desde que alguien les diera la noticia, acariciaron una cierta paz. Solo el clic de los fotógrafos y el ir y venir lejano de los helicópteros de rescate rompía el luto. Se marcharon partidos por la mitad, sin poder llevarse siquiera un recuerdo de los suyos. Solo la promesa, cumplida, de que todo se haría de la mejor manera posible. Los cuerpos regresaron a casa a mediados de junio, pero todo se quedó en aquella maldita cordillera. Por eso muchos prometieron que volverían a los Alpes, lejos de la atención mediática. «Regresaremos durante las vacaciones», se decían los unos a los otros.

Hoy es 16 de agosto. Quizás un padre, una madre, una esposa o un hermano esté ahora en Le Vernet. Mirando a la montaña. En silencio.