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ANÁLISIS

Una huella que siempre quedará

David Torras

El sextete no es una palabra muy glamurosa, pero se había instalado en el Barça con una naturalidad muy por encima del valor que representa, como si el triplete ya condujera a los seis títulos sin jugarlos. Una sensación reforzada anoche con el 4-1 y que ya invitaba a sumar el quinto título ante el Athletic y el sexto en Japón. Para qué esperar una semana o hasta Navidad cuando en menos de 10 minutos a Messi le da para meter dos faltas y voltear el marcador.

El Barça no cometió el pecado de aquella autocomplacencia de Mónaco también ante el Sevilla que fue el principio del fin del círculo virtuoso simbolizado en Ronaldinho. Esta vez, salió despierto, con los ojos abiertos, y no resacoso tras una larguísima noche como entonces. Pero no le valió para ahorrarse un primer despiste, la entrada de Mascherano y el 0-1 que Messi dejó en nada. Primero apareció él y después le siguió el equipo, como tantas y tantas veces, y todos creyeron que el partido estaba cerrado. Y lo estaba. Cerradísimo. Nadie podía abrirlo y menos un Sevilla al que el 10 había dejado sin palabras.

Pero un sextete puede resultar tan difícil como el triplete. Lo sabe el Barça, que es el único que puede saberlo. Ocurrió con Guardiola, que sufrió más para ganar al Shaktar que al Manchester. Tuvo que esperar hasta el minuto 115, a una genialidad de Messi y la aparición de quien aparecía en todas las finales y que ahora está a un paso de desaparecer, aunque incluso, así, marchándose sigue ahí: Pedro. Y se repitió todavía con más angustia en Abu Dhabi frente a Estudiantes de la Plata, con Pedro empatando en el último minuto y Messi rematando en la prórroga con el pecho. Y así aquel Barça se hizo eterno, peleando más contra los pequeños que contra los grandes, en un símbolo de la cultura del esfuerzo y de la humildad. También este ha seguido el mismo camino, pero anoche dejó de hacerlo en cuanto empezó a mirarse en el espejo sintiéndose campeón.

Messi da para mucho, para casi todo, pero la defensa quedó retratada unas cuantas veces, con Mathieu en primera fila. Así que Messi tuvo que volver a aparecer y, en uno de esos gestos de justicia poética que tiene a veces el fútbol, dejó que la gloria la compartiera alguien que es uno de los grandes sin quererlo. Tenía que ser Pedro. Todo un símbolo. En Japón, donde debería cerrarse el círculo de los seis títulos, no estará Pedro. O eso parece. Pero como si estuviera. Su huella siempre quedará.