28 sep 2020

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La cultura sanitaria

Los ricos gustan de peor medicina

Antonio Sitges-Serra

Muchas personas adineradas creen erróneamente que su bolsillo les permitirá cambiar el estado de salud

La medicina no es una ciencia sino un producto cultural fruto de condicionantes ideológicos, económicos, políticos y religiosos. La medicina tiene unas bases científicas, pero en el ejercicio diario de la profesión existen áreas de incerteza, y a menudo allí donde sí existen evidencias sólidas, estas se transgreden por ignorancia, por afán de lucro o por supuesta autoridad profesional. Lamentablemente, el público no es consciente de la variabilidad de la medicina que se ofrece en distintos entornos sociales, geográficos o ideológicos. El tema es muy extenso, pero hoy desearía concretarlo en los cuidados médicos que buscan y reciben las personas adineradas,

¿Cuál es el modo de pensar del paciente rico respecto de su salud? Muy simple: dispone de recursos económicos suficientes para pagar cualquier cuidado que crea necesitar, con razón o sin ella. ¡Solo faltaría que no aprovechara su patrimonio para cuidarse! Por tanto, dígame usted, doctor, qué es lo mejor para mi salud: cuántos chequeos debo realizar, con qué máquina debo operarme, qué medicamento me aconseja... Naturalmente, el desconocimiento por ese paciente de las evidencias científicas que pudieran dar sentido a sus deseos es absoluto, y dispone de poco tiempo para estudiar fuentes dignas de crédito. Hay excepciones. Según cuenta la leyenda, Lee Iacocca, exjefe de Chrysler, que además de muy rico es muy listo, puso a trabajar a un grupo de ingenieros sin conflictos de intereses en la búsqueda de la mejor evidencia científica disponible para tratarse de un cáncer de próstata. Por regla general, el paciente rico es receptivo a los cantos de sirena, desde los robots hasta el último medicamento aprobado, pasando por la radiología más sofisticada. Muchos acaban siendo vomits (víctimas de las modernas tecnologías de la imagen, en su acrónimo en inglés).

Ahora el médico. No solo atisba un lucro económico: el cliente pudiente proporciona además relaciones y más pacientes igualmente pudientes. Hay que darle satisfacción y explicarle historias acordes con su psicología. A los médicos les viene de perlas esta predisposición de sus clientes hacia lo último y lo más caro, porque incluso jugando contra la evidencia científica, incluso perdiendo la partida, siempre existe una salida fácil: hemos hecho todo lo posible. Se recurre también al argumento de que debe hacerse algo, no solo con visos a una posible aunque difícil curación, sino para que las cosas no empeoren. Como raramente se puede objetivar la cantidad y velocidad del supuesto empeoramiento en caso de no aplicarse el (costoso) tratamiento previsto, nuestro acaudalado paciente optará probablemente por la alternativa cara; al fin y al cabo, su dinero estará bien empleado si es para pagar aquello que se le vende como lo mejor para su salud.

Las consecuencias. En general, el binomio paciente rico/médico complaciente acaba mal. Los chequeos descubren enfermedades imaginarias que van a encadenar de por vida a nuestro vomit a su médico y a la industria farmacéutica, si no es que conducen a más exploraciones o a operaciones innecesarias. Los especialistas exprimen a nuestro empresario/a, a nuestra celebrity, a nuestro deportista top ten, proponiéndole tratamientos onerosos sin aval científico. Peor si se trata de una mujer. La así llamada salud de la mujer proporciona inmensas oportunidades de lucro para los centros privados (y malgasto para los públicos, dicho sea de paso).

Y es que, al fin y al cabo, todo es opinable, se dice, y hay que buscar segundas opiniones si la primera no es lo suficientemente optimista. Siempre habrá un oncólogo dispuesto a administrar un nuevo fármaco que está en pruebas, o un cirujano -¡el mejor!- que intentará lo imposible, o un radiólogo que ensanchará esa arteria que se ha estrechado. Opciones, todas ellas, que reportan pingües beneficios a médicos y empresas y cuya eficacia es imposible de garantizar ni de prever. Pero el rico cree firmemente que sus caudales podrán cambiar su destino. Jean Mitchell, profesora de Economía de la Salud en Georgetown, habla del paciente como «cajero automático»; Jörg Blech, periodista médico, de la consulta como «supermercado».

Resumiendo: a menudo los pacientes pudientes caen en manos de médicos poco escrupulosos y menos estudiosos que la mayoría de los profesionales que trabajan en el sistema público. Son sometidos con mayor frecuencia a pruebas innecesarias que en ocasiones ponen en riesgo sus vidas y se les opera con criterios mucho más laxos que los que indica la investigación clínica.

Hoy me ha dado por generalizar y sé que esto no está bien. En el sector privado también trabajan excelentes y juiciosos profesionales. En el público abunda el pelota mediocre y el sobornado por la industria. Pero su cultura es otra. Y a fin de cuentas, cuando hablamos de medicina hablamos de cultura.