RELATOS / DEBERES PARA SEPTIEMBRE / 1

No me llames museo, llámame sopor (1)

Primer propósito. No entrar un un museo. Y es que haber tenido un serio problema en la infancia con un 'greco' no predispone a favor

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Me aburren los museos. Todos los museos. No quiero disimular más. Mi rechazo a los museos es antes que intelectual, físico, orgánico, a todas luces preconsciente. Desde siempre fue entrar en un museo -el que sea, donde sea, del tema que fuere- y empezar a dolerme los pies. Un dolor insensible a los logros de la humanidad que me rodeen en ese momento ya sean vasijas hititas, Rembrand o el gol de Koeman. Primero los pies. Luego esas arañas peludas destrozando mis gemelos y subiendo hambrientas a por mis riñones. Me pongo en jarras pero el alivio solo es momentáneo. Lo único que me salva es la tienda de souvenirs. Solo allí remite el dolor. El consumismo me sana. Es perverso, lo sé, pero sucede.

Además, un museo ya per se me cae mal. Los inmensos porque no son humanos. En su invitación está implícita la humillación a tu pequeñez, tu ignorancia, tu mortalidad. En cuanto a los museos pequeños me disgustan o por acomplejados o por patilleros. Hay muchos de este último tenor, que tienen la pinta de cuando después de una noche de juerga vacías los bolsillos encima de la cama y allí tienes una llave, monedas, un pendiente, un clip y una tarjeta SIM. Pero la experiencia más terrible de visitar un museo es hacerlo acompañado por hipócritas. De ésos que a la hora siguen en la sala de Orígenes de Ur mientras tú ya estás en ¿Y ahora qué? Retos para el siglo XXI. ¿Y qué me dicen de esa tristeza de mausoleo? ¿Sentirse como Joan Collins en las últimas escenas de Tierra de Faraones? Ese estar rodeado de obras -fracasos, encargos mal pagados, dolor- de gente muerta, demente e incomprendida en salas donde en una de las esquinas están seres no muertos que, extirpadas sus lenguas, solo aciertan a proyectar «No flash» cada dos minutos. ¿No es demasiado morboso? ¿No se ha ido demasiado lejos con algo tan depresivo? ¿Por qué no los cierran ya? Un buen día, todos cerrados.

Aun con todo debo ser honesto con usted -mi lector, mi hermano-. Quizá mis problemas con los museos tengan que ver con un trauma en mi infancia. No sé si sabrá que, al igual que con los casinos, hay una listado de gente que tiene prohibido el acceso a museos dada su peligrosidad. Yo estuve en esa lista desde los 11 hasta hace muy poco. Era denigrante ir con el colegio a una de esas visitas maravillosas al Museo Dalí, al de Zoología y que tus padres tuvieran que hacer una nota al profesor. Este alzaba la vista del papel para clavarla en mi cara de niño gordo, pecoso y, hasta hace unos instantes, inofensivo, y certificar el naufragio de sus convicciones.

La cuestión era que mis padres, ante la visita de extraños entes familiares que nadie conocía ni volvíamos a ver nunca más, organizaban salidas culturales. Yo sospecho que mucha de esa gente no era familia nuestra pero alguien corrió el bulo de visitas con derecho a comida en Can Zanón y se apuntaban. Se hacían bocadillos y nos lanzábamos a museos, Sagradas Familias, Golondrinas y otras fruslerías como posesos. A veces, mi madre se venía arriba y hacía guisos más complejos. Por ejemplo, Santa Maria del Mar siempre me llegará con olor a pisto. En una de esas visitas fuimos a Montserrat. Allí hay un museo. No tienen gran cosa a excepción de media docena de pinturas de autores relevantes. Era agosto y hacía tanta calor. La mayor parte de la comitiva había entrado en la iglesia para estar fresquito pero mi abuelo, comecuras en fase durmiente desde el 39, se quedaba siempre fuera y yo le acompañé. Luego entramos en aquel museo.

Lo de siempre: santos torturados, vírgenes dolorosas, Cristos lacerados, torturados y crucificados. Una alegría, vamos. A los dos minutos empezó el aburrimiento y el dolor de pies, pantorrillas y riñones. Eso hizo que buscara apoyo. Según mi padre yo me apoyaba a todas horas en todos lados, lo cual era cierto. Mi madre me defendía en que lo hacía porque era pies planos. Sea como fuere, inicié una de mis clásicas maniobras de apoyo. De acuerdo, no miré antes. ¿Que podía haber detrás de mí sino una pared? ¿Un Greco? Exacto. Así que mi peso muerto no tocó estuco sino lienzo. El marco, ante el envite, se encabritó, arqueó y saltó de los clavos como un salmón. Traté de parar su caída metiendo codo de niño regordete y pecoso en la boca de la pobre Magdalena Penitente (óleo sobre lienzo, 57 x 44, 1577). A todo esto mi madre se lanzaba como Magnani detrás de camión nazi para evitar que Magdalena saltase por encima de mi cabeza y se abriera la suya. Entre ella y un turista holandés medio lo consiguieron. El resto me resulta confuso. Oficinas, pasillos, monjes. Mi padre, en cuanto podía me asestaba una colleja, mi madre trataba de evitarlo y al mismo tiempo, intentaba que el flujo sanguíneo le volviera a regar la mano con la que me había dado en el culo. Hablaron de un seguro, indemnizaciones y mi padre aducía que era taxista, clase media baja tirando a siervo de la gleba. Mi madre intentó convencerles diciendo que la Magdalena me perdonaría y mi abuelo amenazó con el Noi del Sucre. Al final nos dejaron marchar. Ya de vuelta, todo pareció enderezarse.

-Es un niño y aquel cuadro tampoco era nada del otro mundo. Vamos, que no era un Velázquez.

-Era un Greco, mujer, un Greco y tu hijo siempre anda apoyándose en todos lados.

-La culpa es tuya por no querer ponerle plantillas.

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