en contra

Vehículo de tracción animal

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En este cara a cara sobre bicis se discuten los pros y los contras de utilizar este transporte en la ciudad. / ANA C. BAIG

Andreu Mas-Colell anticipó el fenómeno en un articulo en El Temps en mayo del 2007 (Una fiscalitat amb ases i bicicletes). Advertía que el servicio público tiende a olvidar su obligación de prestar servicios nucleares a la población, porque el mercado no los asume, para forzar nuevos hábitos ciudadanos, con provisión pública.

Quien era catedrático de la UPF calificaba como Síndrome del ase que no vol beure, el esfuerzo humano hasta conseguir que el tozudo asno meta sus fauces en el abrevadero. Era la advertencia sobre las consecuencias de crear un servicio público de bicicletas, al que se calificó de transporte y se le adornó de todos los adjetivos tan sensibles a los bienpensantes habituales como sostenibilidad, incontaminación y proximidad.

Fue el reactivo  para convertir en derecho ciudadano y subvencionable, disponer de una bicicleta para circular por Barcelona (que hace pendiente, por si no se sabía). Puestos a ayudar, se dictó una ordenanza delirante que autorizaba a los ciclistas a circular por las aceras si tenían un ancho determinado, cosa fácil dada la costumbre de los barceloneses de cargar siempre con una cinta métrica.

Siete años después, un trabajo de seis alumnos del máster de gestión pública UAB-UPF-UB dirigido por el catedrático Guillem López-Casasnovas, desmontaron racionalmente casi todos los argumentos en favor del Bicing. No es alternativa al coche, lo que se gana en movilidad individual se resta del transporte colectivo, y lo que siempre se oculta: cuesta mucho dinero al contribuyente.

Números rápidos del 2013. Más de 100.000 usuarios del Bicing, 6000 bicicletas. Ingresos por cuotas, 4,3 millones. Coste total del servicio, 16,7 millones.  La división es fácil: cada bicicleta -las más deficientes en comparación con Milán, San Francisco o París,  concesiones muy alejadas del principio del Ase- cuesta 2.000 euros de mantenimiento a todos los barceloneses.

Pero el mal ya está hecho. Los peatones del Eixample, Gràcia y Ciutat Vella (el 63% de bicicletas) sufren el exceso de la propaganda falseada de la sostenibilidad, y ven invadido su espacio por los energúmenos que ignoran la cinta métrica. Sin ecología, habrá que apelar a la neurociencia para averiguar qué extraño resorte comparten esos invasores que les impide levantar el pie del pedal ante cualquier circunstancia adversa. Y si es un semáforo en rojo, la excitación aumenta.

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La doctrina oficial que empezó con Hereu y siguió con Trias, sostiene que en Barcelona hay plagas a combatir y especies protegidas. Entre los primeras, las ratas y las palomas. Entre las segundas, los ciclistas por las aceras, que gozan de una inexplicable prórroga de 14 meses para seguir incumpliendo la norma elemental de la ecología, no molestar a quien no te molesta.

Irrita que se equipare a determinados incívicos con los otros vehículos de tracción animal, de la que los asnos forman parte por contribuir a la mejor historia catalana de superación. Si no quieren convertirse en plaga dejen de invadir la acera.

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