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La rueda

Europa ante el espejo griego

Enric Marín

En la crisis griega no todo es lo que parece, ciertamente. El reparto de responsabilidades está más extendido de lo que inicialmente pueden sugerir las apariencias. Pero ha puesto crudamente al descubiero el rostro del proyecto europeo; sus limitaciones y sus virtudes. Sobre todo, sus limitaciones. Y la más importante es el déficit democrático de su funcionamiento. Desde el principio, la Unión Europea se ha construido desde la lógica de los intereses económicos. Esto explica, en parte, la fuerte asimetría entre la integración económica y la falta de proyecto político común. La existencia del euro y su sostenibilidad obligará a profundizar en la integración económica, pero no hay ningún estímulo comparable para avanzar en la integración política real. Más bien todo lo contrario.

Guste o no, el núcleo del proyecto europeo es carolingio, y el centro de poder real es económico y habla alemánEspaña no cuenta para nada y, por diferentes motivos, Gran Bretaña, Francia o Italia se limitan a matizar la política dictada por Alemania y sus socios de referencia. De hecho, el euro no es otra cosa que el antiguo marco alemán reforzado, y los antiguos estados-nación (con Francia a la cabeza) no están dispuestos a ceder soberanía en favor de estructuras democráticas supranacionales. Merkel gobierna Europa desde la política de hechos consumados, de acuerdo con sus prioridades económicas y políticas. ¿Por qué razón, entonces, debería limitar este poder construyendo estructuras democráticas europeas? Se encuentra más cómoda dirigiendo Europa desde la lógica de su hegemonía económica indiscutible y con criterio estrictamente pragmático.

Europa no tiene proyecto social. Tampoco cultural. Y sin proyecto social y cultural no hay proyecto político compartido.

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