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El segundo sexo

Ritual de infancia

Care Santos

Un libro siempre es una puerta y hay que escoger bien cuándo abrirla. A veces los libros llegan tarde

A partir de que cumplí 12 o 13 años mis padres y hermanos adquirieron la costumbre de regalarme dinero por mis cumpleaños. Con la pequeña fortuna en el bolsillo, me plantaba en la malograda Robafaves —que entonces era mi librería de cabecera— e investigaba en las mesas de novedades. No buscaba nada en concreto, solo me dejaba seducir por los reclamos de títulos y cubiertas. No de los autores, porque no conocía a casi ninguno. Leía docenas de resúmenes argumentales en las contratapas, sin dejarme llevar por los inflamados adjetivos. Ni que decir tiene que gracias a ese método tan poco científico hice grandes descubrimientos literarios. Todavía no habían llegado a mi vida los primeros prescriptores de lecturas, todos compañeros de redacción mayores que yo, a quienes yo obedecía ciegamente y que me fueron presentando a BernhardBukowskiKunderaArthur Miller o Nabokov, por citar solo algunos. De momento, mi olfato era mi mejor guía.

Ahora, más de 30 años después de aquellas entradas triunfales en la librería Robafaves, perpetúo aquel ritual de infancia cada nuevo comienzo de verano. Un día de finales del mes de junio o principios de julio, entro en una librería, este año ha sido la nueva sede de Dòria, también en Mataró, y allí me dejo llevar por el olfato. No busco nada en concreto, como ocurría entonces. Vengo dispuesta a llevarme cinco o seis lecturas de aquellas que deben hacerse en la hamaca y bajo los árboles durante unas cuantas horas seguidas. Está claro que ahora tengo muchos más prejuicios lectores que entonces, pero continúo siempre al acecho y el olfato todavía quiere seguir en funcionamiento.

Este año mi compra ritual de inicios de la temporada veraniega ha incluido por pura casualidad un libro que lleva en el mundo medio año (la primera edición data de enero del 2015) pero que yo todavía no había sabido encontrar. Se llama La lectura como plegaria. Fragmentos filosóficos. El primer contacto con él es de carácter sensorial, como cuando era una niña: una edición realmente bonita, un formato que me parece muy atractivo, pequeño -cada vez me gustan más los libros pequeños-, el color naranja de su lomo y de las letras, la pluma estilográfica de la cubierta…

Todo es un puro azar. Las cosas más importantes de la vida pasan por azar. Nos da mucho miedo tener que reconocerlo, pero no tenemos nada bajo control. El título también es importante, pero esos ya son argumentos más serios. Plegaria. El aspecto trascendental de la existencia ligado a un hecho también trascendental para mí: la lectura, la escritura. Un sustituto de la religión, una manera de formar parte del mundo y que el mundo forme parte de ti. Sí, trato de convencerme de que ha sido este el elemento decisivo y no todo aquello del tamaño y los colorines. Pero no es cierto, lo sé.

El autor, el doctor en Filosofía y Letras Joan-Carles Mèlich, no me es desconocido, pero he de reconocer que no he frecuentado su bibliografía. Es profesor de Filosofía de la Educación en la Universitat Autònoma de Barcelona, y sus temas de estudio son y han sido el sufrimiento, la memoria -sobre todo a raíz de la experiencia de los supervivientes de los campos de concentración-, el perdón, la compasión, la necesidad de ejemplos donde espejarnos, la ausencia de esos ejemplos…

Solo comenzar la lectura tropiezo con una reflexión que me parece clave: «¿Por qué SófoclesDanteShakespeareCervantesDickens (…) no se estudian en los cursos de Filosofía?». Comprendo que estas notas de «lector apasionado», como él mismo se define en algunos de los comentarios, quieren llenar esta laguna. Es la mirada de un lector, sí, pero la de uno muy concreto influido por todos sus conocimientos, que se pregunta por algunas de las bases de nuestro tiempo y de nuestro mundo. Un lector lúcido, que sirve perlas como todas estas: «Existir es exponerse a lo extraño», «la identidad es una resonancia», «la experiencia del abismo abre las puertas de la religión», «todo lo que puede hacerse con rapidez no me interesa», «no se puede vivir al margen de la moral pero sí en sus márgenes», «solo se puede perdonar lo imperdonable».

Un libro siempre es una puerta. Hay que escoger bien el momento de abrirla. A veces no es el momento. A veces hace falta esperar. A veces los libros llegan tarde. «Encontrar la lectura adecuada para el momento adecuado. Esto es lo más difícil», dice Joan-Carles Mèlich. El azar decisivo, de nuevo.

Este libro hace medio año que está en el mundo, pero me ha llegado ahora gracias al ritual del verano, que para mí es un ritual de la infancia recuperada, y esto lo ha convertido en una lectura especial desde antes de abrirlo. Después, más todavía, porque me ha hecho reparar en algunas cosas y me ha hecho reflexionar. En definitiva, quiero decir que me ha cambiado, ni que sea un poco. ¡Ah!, y que también me ha hecho inmensamente feliz.

Temas: Libros

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