Análisis

Cambios trepidantes en política fiscal

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La impresión que creo que tenemos todos es que el mundo va cambiando cada vez a mayor velocidad, también la economía. Ello puede ser así por dos razones: primera, porque es la realidad debido a que los avances científicos y tecnológicos, en un marco globalizado, producen cambios sociales y económicos cada vez con mayor rapidez y, segunda, porque los nuevos sistemas de comunicación nos hacen ser más conscientes de esos cambios.

En el ámbito de los impuestos también se producen modificaciones sin parar, y sin duda a mayor velocidad que nunca, lo cual es debido a que deben de adaptarse a los cambios en la economía y en la sociedad y, tratándose del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) esto se acentúa porque es el tributo más visible para el ciudadano, por lo que se ha convertido en una pasarela para llamadas electorales. En todo caso, en noviembre pasado se aprobó una reforma fiscal, en la que se modificó, además del IVA y el impuesto de Sociedades, el IRPF, y ahora, medio año después de que se haya comenzado a aplicar, nos encontramos con más modificaciones, de las que la más importante parece ser la que se produce en la tarifa.

De esta forma se concreta el anuncio efectuado hace una semana por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el que se hablaba de un adelanto de la rebaja de 2016 -ya prevista en la reforma fiscal- al segundo semestre de este año. Desde luego, al menos todos los que tenemos ingresos íntegros superiores a 12.000 euros, que somos los que podemos tener que pagar por este impuesto, nos alegramos directamente. La alegría también es indirecta si tenemos en cuenta que una medida como esta, en un momento en el que nuestro PIB está creciendo, puede contribuir a acelerar dicho crecimiento y a que aumente el empleo.

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El ejemplo

No obstante, claro, no todo son ventajas. Por un lado está el inconveniente práctico de que todas las empresas tienen que hacer el cálculo de la regularización de retenciones para el pago de la nómina de julio, y tenemos poco tiempo si pensamos que primero se tienen que adaptar los programas informáticos que todos utilizamos; por otro lado, teniendo en cuenta nuestros compromisos de reducción del déficit y los datos del cumplimiento de este objetivo hasta la fecha, la medida es un tanto arriesgada y puede hacer, en estos convulsos tiempos que atraviesa Europa, que la incipiente mejora de nuestra imagen se pueda empañar; por último, tampoco esta medida de la Administración del Estado constituye un buen ejemplo para el resto de niveles de la Administración, la autonómica y la local. Si se está pidiendo austeridad a las comunidades autónomas que tienen que prestar servicios tan importantes como la sanidad o la educación, o a los ayuntamientos, que han sido los más cumplidores en política fiscal, medidas de este tipo es posible que resten fuerza a los argumentos esgrimidos.