04 jul 2020

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La crisis griega

El ejemplo de Sócrates

José Antonio Bueno

Tsipras y Syriza han optado por seguir el camino que conduce a la muerte por querer salvar el honor

Sócrates se suicidó bebiendo cicuta. Nerón también se suicidó de manera inducida lo mismo que Erwin Rommel. Y el haraquiri japonés es el paradigma de los suicidios realizados para preservar el honor. En todos estos casos la lógica siempre es la misma, antes la muerte que el deshonor. Diríase que el Tsipras y su partido Syriza han optado por este camino porque la convocatoria del referéndum sobre las ofertas de los acreedores de Grecia para este domingo bien parece más un suicidio que una decisión racional pues han llevado a todo el país al borde del abismo y ellos al frente de la manifestación (es de esperar que llegado el caso sean los primeros en saltar).

Es de alabar cuando menos la coherencia del Gobierno griego: antes suicidarse que cruzar sus líneas rojas como el ajuste de las pensiones o la subida del IVA. Claro que analizando los daños colaterales toda valoración positiva de esta aparente coherencia se esfuma necesariamente. Quienes están sufriendo los daños del corralito son los ciudadanos de a pie, probablemente quienes confiaron en Syriza y que ahora se enfrentan a un día a día tremendamente complejo y a la más que probable pérdida no solo de su poder adquisitivo sino de sus ahorros, que imagino escasos porque quienes tenían dinero de verdad en Grecia ya lo han sacado del país hace meses.

El fondo del problema es que Grecia nunca debió entrar en el euro si este implicaba, como implica, seguridad jurídica y formalidad en la gestión del país. Grecia es un país con tremendas carencias en su administración y buen gobierno que entró en el euro fundamentalmente por motivación política. Mientras Grecia estuvo gobernada por las élites de toda la vida la situación se mantuvo en un equilibrio inestable. Al llegar al poder un gobierno populista en lugar de mantener rodando la pelota se ha montado el lío que todos conocemos y cuyas consecuencias solo llegamos a imaginar.

No sabemos lo que votará el pueblo griego pero tiene ante sí el difícil dilema de asumir más recortes y subidas de impuestos, que recaerán en los pocos que los pagan, o la de salir del euro y entrar en una dinámica que les llevará a unos cinco años, o más, de recesión además de entrar en zonas de influencia menos seguras que Europa. Argentina, liderada por un partido populista como Syriza, suspendió pagos por octava vez en su historia el 1 de agosto del 2004 y todavía no ha levantado cabeza… y probablemente no la levantará en años.

SALIRSE DE LA LEGALIDAD

Este es un caso en el que no es lo mismo predicar que dar trigo. Es sencillo y hasta agradecido lanzar soflamas incendiarias contra la troika o la cancillera alemana, pero las consecuencias de salirse de la legalidad son clarísimas y no siempre se cuentan a la población. Los buenos gobernantes deben ser claros con sus gobernados, no se trata de asustar ni de amenzar sino de ser sinceros, hay decisiones que tienen un coste muy alto para la población y esta lo debe saber. Por mucha gente que acuda a las manifestaciones o suba la audiencia en las televisiones cuando se protesta, gobernar es algo mucho más responsable y con implicaciones muy profundas.

Puede que Tsipras haya tomado cicuta para evitar tener que bajar las pensiones o subir el IVA, pero no le ha dicho a su pueblo que esa cicuta recorre hoy también las cañerías de Atenas y es todo el pueblo griego el que se está suicidando, y me temo que en su gran mayoría sin ser conscientes de ello.

Lo que ocurre en Grecia no solo atañe a los griegos. Es el propio modelo de la construcción de Europa el que está en juego. Los términos económicos de una caída de Grecia no son muy importantes pues su PIB es el de una comunidad autónoma española mediana y el impago de la deuda está más que asumido -todo lo resolverá Eurostat con su magia estadística- pero estaríamos ante el primer caso de salida del proyecto europeo y cuando un barco tiene un agujero el agua acaba ganando la partida, por pequeño que parezca el agujero. Reino Unido ya ha declarado abiertamente que se plantea su continuidad en la Unión Europea y habrá que ver si otros países no querrán tomarse su tiempo antes de avanzar en la consolidación de un espacio común.

No es una figura retórica que el proyecto europeo está en juego, entre otras cosas por la lentitud de la resolución de los problemas. Se echa de menos tener formalmente un presidente de Europa con mando en plaza. A nadie se le ocurre que los ejércitos o los bomberos se rijan por consenso y ahora estamos en medio de una emergencia europea en la que todo trata de resolverse mojándose lo menos posible. Ojalá todo sea una farsa y haya acuerdo. De lo contrario el proyecto europeo estará realmente tocado.