14 ago 2020

Ir a contenido

EL RADAR

Tormenta de despacho

Joan Cañete Bayle

Las rupturas en los partidos no equivalen a la ruptura de Catalunya de la ceniza frase de Aznar

Germinal Mares, pensionista de Breda, lo resume en una frase en un post publicado en la web de Entre Todos: «Se dice que el señor Mas rompe todo lo que toca: es cierto, ha roto el PSC, ICV-EUiA, el PPC y ahora CiU». Diagnostica este ciudadano la realidad del mapa electoral catalán. En las elecciones autonómicas del 2010, seis formaciones obtuvieron representación en el Parlament: CiU, ERC, PSC, PP, ICV-EUiA y Ciutadans. En las del 2012, se les sumó la CUP. En las del próximo 27 de septiembre, según el Barómetro Político de Catalunya del Gabinet d'Estudis Socials i Opinió Pública (GESOP), puede haber en el Parlament hasta una decena de partidos, dependiendo de los pactos.

CiU será Unió por un lado y cualquiera que sea el nombre que adopte la Llista amb/del President. ICV diluirá sus siglas junto a las de Podem y Procés Constituent. El PSC, perdida una de sus dos almas, ya no será un partido clave, según los sondeos, y el PPC directamente se hunde. El choque de las dos fallas que marcan la política catalana -el social y el soberanista- han acabado siendo The Big One, el gran terremoto que ha arrasado el mapa político tal y como lo conocíamos. Las dos formaciones que representaban la centralidad política catalana (CiU y PSC) ya son irremediablemente otra cosa, y una coalición que aún no tiene nombre ni candidato (los del «Sí  se puede» que dice Artur Mas en castellano en un discurso en catalán, nunca una puntada sin hilo) está, demoscopia en mano, en condiciones de disputarle la Generalitat a lo que queda de CiU. Ante tanto vértigo es tentador  pensar en aquella ceniza frase de José María Aznar: «Antes de que se rompa España se tiene que romper Catalunya».

Tentador pero erróneo. No se escucha en la conversación pública una ruptura social reflejo de esta ruptura política, más allá de los profesionales de los exabruptos en las redes sociales y de los despechados. La realineación de los partidos y la nueva sopa de siglas, aún no cerrada, son tormentas de despacho. Los ciudadanos, azotados por la crisis y actores activos tanto del proceso soberanista como del asalto de los movimientos sociales a la política institucional, observan. En la calle, se ven las escisiones, los pactos, las purgas, los nacimientos de siglas y sus defunciones como un capítulo más de la obra, una recolocación natural, cada uno en su sitio a la espera de la votación del 27-S.

Porque se consideren o no plebiscitarias las próximas elecciones, y más allá de lo que hará cada cual el día 28 con los resultados en la mano, sí existe en la conversación pública un deseo de zanjar cuentas matemáticamente de una forma más o menos definitiva; al fin y al cabo, son las terceras autonómicas desde el 2010, sin contar las  generales, europeas, municipales y el 9-N que ha habido entre medio. En este sentido, The Big One en el mapa político es bienvenido: a más siglas, más opiniones, posturas y sensibilidades representadas. Gobernar, que es el segundo paso tras contarnos, es harina de otro costal, como se ha visto en la constitución de ayuntamientos y gobiernos autonómicos.

Así que no, que este divorcio en los partidos no supone una ruptura social a lo Aznar. En la conversación pública prevalece el seny, lo cual hay que elogiar en tiempos tan volátiles. En el eje social, hay ilusión de que lo de Ada Colau en Barcelona no sea final sino principio, que de verdad sí se pueda. En el eje soberanista, hay angustia de que el desinfle iniciado tras el 9-N sea el preludio de un no es pot que, de producirse, será muy duro de digerir. En ambos ejes se habla de unidad, pero en la izquierda suena a ilusión (si se logra, el cielo es el límite) y en el soberanismo, a admonición (si no se logra, el batacazo dolerá mucho). Porque en los últimos cinco años este es el cambio más significativo en la conversación pública: la ilusión ya no habita entre las filas de los soberanistas.