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EL SEGUNDO SEXO

La rebelión de las canas

Olga Merino

El cabello blanco ya no es tabú para la mujer madura, pero aún hay reticencias en el ámbito laboral

El runrún echa en cara a Hillary Clinton que persista en la ambición política a punto de cumplir los 68 años, una crítica más o menos soterrada, la de la edad, que ella ha sabido ventilar con bastante sentido del humor: «Tal vez no sea la más joven entre los candidatos de esta elección, pero tengo una gran ventaja, y es que llevo tiñéndome el pelo desde hace años. No me veréis volverme canosa en la Casa Blanca», dijo durante un acto en Carolina del Sur hace un par de semanas. En inglés tiene mucha más gracia el juego de palabras entre White House y la expresión turning white (encanecer), pero la cuestión de fondo es que la aspirante demócrata a la presidencia de Estados Unidos se cubre las canas. Y echando cuentas, debe de ser rubia de bote desde hace un par de décadas.

Cuando te acercas a la cincuentena, género aparte, tienes ya las suficientes nieves del tiempo plateando tu sien como para tomarte el asunto muy en serio o bien capitular en la batalla contra la pérdida de melanina. Con los caballeros, no hay problema: George Clooney, Richard Gere o Sergio Dalma siguen guapos e interesantones. Parece que las canas añadan en los hombres un plus de experiencia y credibilidad, hasta el punto de que, según la leyenda, los asesores políticos de Felipe González, allá por 1982, el año de la pana, le recomendaron simular unas leves briznas blancas en las patillas con el fin de transmitir aplomo. El líder socialista tenía 40 años.

En los señores, el pelo teñido como que no convence. Esos castaños artificiales causan cierta grima, el repelús de que el individuo tintado está vendiendo a las claras gatazo por liebre. El caso de Berlusconi. O esa barba blanca de Rajoy que no acaba de casar con el cromatismo piloso del cráneo. Tampoco levantan pasiones los malabarismos capilares en el varón: donde esté la calva de Varoufakis, que se quite la coiffure ladeada tipo Anasagasti.

Pero con las mujeres, ay… La lectura de las canas se traduce a menudo como dejadez o el tránsito hacia una menopausia cabreada o amarga. En la cultura popular, siempre que aparecen canas en una cabeza femenina es porque se trata de una mala malísima o de un cadáver: Cruella de Vil en 101 dálmatas, la bruja piruja de los cuentos infantiles, la madrastra de Cenicienta o el peinado pre-punky de la novia de Frankenstein, con su mechón blanco en zigzag desde la sien, hasta el cogote.

Un paseo por el ensayo de Erika Bornay sobre La cabellera femenina (Cátedra, 2010) y sus representaciones en el arte, la literatura y la mitología ayuda a refrescar cuán ligada está, en el acervo cultural, una exuberante melena femenina a la simbología de la fertilidad, lo telúrico, el erotismo e incluso la pureza. Habitan en el imaginario Lady Godiva a caballo, sin más capote que sus guedejas de oro; la María Magdalena que seca los pies de Cristo con su mata de pelo. U Ofelia, la enamorada de Hamlet, tan inocente ella, ahogada en el arroyo, con el cabello ensartado de margaritas y orquídeas. A la adúltera Madame Bovary, la melena, «desgranando sus anillos negros», le llega hasta las corvas.

De ahí el dilema. ¿Dejarse el pelo gris y aceptar el envejecimiento? ¿O, por el contrario, proseguir con la esclavitud? Un martirio porque el tinte maltrata  el cabello y exige aparecer por la peluquería al menos una vez al mes, con el sobrecoste económico (y de tiempo) que conlleva.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, parece que se esté dando un cambio cultural en el que cada vez se ven más señoras por la calle con la melena salpimentada o el cabello completamente blanco. Féminas que resultan muy atractivas a los 70, como la actriz Helen Mirren. Mujeres, como Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, que mandan mucho y están muy seguras de sí mismas y del trabajo que desempeñan.

Tal vez ahí se esconda el quid del asunto: es en la esfera laboral donde afloran más resistencias a la plata capilar. La escritora y periodista Anne Kreamer, que abandonó el tinte a los 49, dedica un capítulo entero al impacto de las canas en los despachos en su obra Going Gray (Encaneciendo, 2009).

No es lo mismo, argumenta, ganarse la vida en el ámbito académico o en el mundillo de la bohemia artística que hacerlo en una empresa de tecnología puntera. Kramer sostiene que, aun cuando menos del 10% de las norteamericanas se teñían en 1950, su irrupción en el mercado de trabajo hizo que la tendencia se disparara: «Cuando las mujeres salían a trabajar podían crearse una nueva identidad. Dejaron de ser amas de casa. Empezaron a tintarse el cabello y no han dejado de hacerlo». Hoy sitúa el porcentaje entre el 40% y el 70%.

¿Hacer de las canas un manifiesto político? No, desde luego: que cada una haga con su pelo lo que le venga en gana. Pero sí se viene gestando una pequeña rebelión visible contra la tiranía de la juventud eterna. Hace ya algunos siglos, Platón señaló que, para él, la belleza era el esplendor de la verdad.

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