La rueda

Más que un nombre de una calle

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De Pau Casals, como de muchas otras figuras destacadas y destacables de nuestro pasado reciente, sabemos lo que sabemos, más bien poco. Sabemos que tiene una calle dedicada en la mayoría de pueblos y ciudades de Catalunya, sabemos que su nombre está indefectiblemente asociado a la interpretación del 'Cant dels ocells' y sabemos, también, que fue él quien en 1971, en las Naciones Unidas, pronunció la histórica frase 'I'm a catalan' en una reivindicación emocionada y emocionante de la razón de ser de nuestro país. Más allá de eso, más allá de una placa de calle y de la imagen icónica de su figura abrazada a un violonchelo, el recuerdo colectivo que tenemos de Pau Casals no termina de hacer justicia a la dimensión universal de uno los catalanes más internacionales del siglo XX.

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Su contribución al mundo de la música, y de la cultura en general, fue tan importante que aún hoy es una referencia incontestable y reconocida en todo el mundo, tal vez, incluso, más que en Catalunya. Pero lo que da un carácter único y excepcional al personaje es la coherencia y ejemplaridad de su compromiso extremo e inequívoco con la paz y la libertad. Si por alguna razón nunca deberíamos olvidar a Pau Casals es por su altura moral, por la forma en que, en un momento difícil y peligroso, supo dar la cara y jugarse la vida por estos ideales y por estas causas.

Por este motivo Albert Einstein dijo de él: «Pau Casals ha sabido comprender con clarividencia que el mundo corre un peligro mayor por parte de los que toleran el mal, que de los que lo cometen». Él no lo quiso tolerar y por eso, en agradecimiento, la ciudad de Barcelona le dedicó, hace 80 años, la avenida que lleva su nombre. La semana pasada, el Ayuntamiento recordó esa fecha con la presencia de su viuda, Marta Casals. Un recuerdo y reconocimiento más que merecidos.

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