EL RADAR

Sí, emergencia social

Hay incertidumbre entre quienes tenemos algo que perder, y desesperación entre los que ya no

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«La crisis me ha llevado a conocer la pobreza absoluta, la incertidumbre de si mañana tendré dinero para comprar comida. Da lo mismo que tengas experiencia, conocimientos, espíritu emprendedor. Las empresas quieren más. Quieren juventud, títulos, sueldos precarios, que te dejes la piel y no les cueste nada», escribía días atrás a Entre Todos Josep Cassany (46 años, consultor, Girona). «Me aterroriza verme como la señora que habla con las palomas en la plaza de Catalunya o durmiendo en un cajero. No pido tener la vida que tuve. Solo pido una ayuda para que esto pase y no la tengo», explicaba Fernando Orga (47 años, peluquero, Barcelona). Josep y Fernando ponen  sus caras, sus nombres y sus amargas vivencias a las cifras del paro prolongado. De vidas absurdamente mutiladas.

Pere Josep Mora (62 años, Barcelona) contaba cómo se le embargó por error la Renta Mínima de Inserción (RMI), «lo único que tengo para vivir». Hablamos, según el caso y el número de miembros de la unidad familiar, de entre 105,93 y 645,30 euros mensuales. Y de una larga lista de requisitos para recibirla.

«El Gobierno habla de recuperación, pero es un espejismo. Las clases medias trabajadoras ven cómo se va diezmando su poder adquisitivo», afirmaba Arbey Cardoso (42 años, empleado aeroportuario, Barcelona), quien pedía a la nueva alcaldesa Colau atención a la vivienda: «Desde la relación entre la banca y las instituciones, pasando por el fin de los desahucios y embargos a familias que no tienen nada, hasta la negociación de pisos vacíos para alquiler social. Y que las compañías energéticas se comprometan a dar suministro a esos hogares y familias que lo han perdido todo». «Sufrí violencia doméstica. Me ha tocado vivir de habitación en habitación y no he logrado un trabajo digno y poder tener mi piso. Le pido estas cosas no solo para mí sino para quienes también lo están pasando mal», se sumaba Liliana Gómez (58 años, administrativa, Barcelona). «Los precios de alquiler son prohibitivos, y no solo para las personas con pocos recursos. No puede ser que un piso de menos de 50 m2 y sin muebles cueste casi lo mismo que el sueldo de un mes de un trabajador mileurista», concluía David Morral (44 años, administrativo, Barcelona).

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Deterioro de lo personal y familiar y deterioro de lo público. «Se han externalizado guarderías, se han privatizado servicios, se ha aumentado el número de niños por clase, se ha recortado personal, se han encarecido las cuotas», sostenía Mercè Mestre (57 años, lingüista, Barcelona). «Tras cinco años de promesas incumplidas, seguimos sin un área educativa donde poder impartir adecuadamente los contenidos pedagógicos cara a la reinserción laboral y social de los internos», denunciaba Josep Maria Farré, director de la escuela de adultos Artur Martorell, en la cárcel de Brians 1. Sus maestros se manifestarán este lunes para pedir aulas donde seguir luchando día a día para que la cárcel sea algo más que un almacén de personas a las que se les niega el futuro.

Nos pongamos como nos pongamos, seguimos en una emergencia social a la que las instituciones están muy lejos de dar respuesta. Y su prolongación la hace más insoportable. Hay incertidumbre y miedo a nuestro futuro y al de nuestros hijos entre los que tenemos algo que perder, y desesperación entre los que ya no. Tan cierto es que la situación en su globalidad es extremadamente compleja como que hay márgenes para actuar, prioridades que cambiar. Y que no cabe la resignación. Aunque los medios hablemos de otras cosas, aunque los políticos hablen de otras cosas o hagan algo peor, como el ministro Montoro con su inexplicable euforia y su anuncio de pleno empleo para el 2019. En todo caso, las urnas sí han hablado de todo esto. Y probablemente lo hagan cada vez más, y más fuerte.