Editorial

Llueve sobre mojado en el parque Güell

Un nuevo disparate en el emblemático recinto de Gaudí apunta hacia la excesiva monetarización de los activos públicos de Barcelona

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Apenas dos semanas después del caso del jubilado expulsado del parque Güell porque explicaba sus características a unos amigos, el emblemático recinto de Antoni Gaudí vuelve a ser noticia por otro hecho grotesco. Ahora es la escuela pública El Sagrer la que se queja de que una cincuentena de niños de 4 años y sus profesoras fueron controlados como sospechosos por la seguridad del parque y tuvieron que desayunar medio a escondidas para no perder su turno de visita. Al margen de los detalles y de alguna discrepancia entre la versión de la escuela y la de los responsables del parque, lo relevante -y preocupante- es que de nuevo ciudadanos barceloneses tienen la humillante sensación de ser considerados un estorbo en un espacio público de su ciudad. Nadie sensato discute la necesidad de regular debidamente el acceso a un recinto pequeño y delicado como el parque Güell, que soporta una gran presión humana, pero los dos disparates de estas semanas empañan gravemente las medidas restrictivas implantadas en el 2013 por Barcelona Serveis Municipals, eficaces por lo demás. Y, sobre todo, nutren de argumentos a quienes creen que hay (o ha habido hasta ahora) una monetarización desmesurada de activos públicos de Barcelona a rebufo de la política de privatizaciones. El dato de que en la plaza Reial hay 8 sillas gratis por 1.669 de pago de terrazas de restauración apunta en el mismo sentido. Barcelona puede y debe explotar sus atractivospero no a costa de los propios barceloneses.