La rueda

La alcaldesa de todos

Ada Colau deberá gobernar tanto para los barceloneses ilusionados como para los asustados

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Cuando parecía que la vieja dialéctica entre derecha e izquierda estaba superada, resulta que la victoria de Barcelona en Comú ha servido para poner en evidencia que, más allá de circunstancias concretas y de coyunturas, la polarización tradicional sigue muy viva. Y es que el fenómeno Ada Colau divide a la opinión pública. De un lado tenemos a una gente ilusionada y casi eufórica por el triunfo de una candidatura alternativa que puede suponer un cambio radical en la manera de hacer las cosas, y por el otro tenemos a un colectivo notable y destacado que, por los mismos argumentos, se manifiesta inquieto y casi asustado. Unos y otros, variados y diversos, tienen, eso sí, diferente acceso a las estructuras de poder y diferente capacidad de convertir la opinión pública en opinión publicada. Por eso estos días la ilusión se respira más en las redes y no tanto en determinados editoriales y tertulias que están más dominados por la preocupación y la inquietud.

Si hemos de juzgar en función de lo que algunos políticos y opinadores han dicho y han escrito, da la sensación de que, más allá de las prevenciones lógicas y de las ideológicas, Colau es considerada casi como una intrusa. No hay más que repasar algunas de las notorias descalificaciones de que fue objeto durante la campaña -y, sobre todo, tras su victoria- para devolvernos a la memoria, salvando las distancias, esa reacción sonada que tuvo Marta Ferrusola cuando se formó el tripartito. «Es como si los ladrones nos hubieran echado de casa»,  dijo. Si entonces tanto la oposición como determinados medios dejaron muy poco margen a un Govern que consideraban que les había usurpado el lugar, en este caso me temo que la futura alcaldesa no lo tendrá mejor. Habrá que endurecer la piel, minimizar los errores y hacer algo que es más fácil de decir que de cumplir: gobernar para todos los barceloneses, tanto para los ilusionados como para los asustados.