04 jul 2020

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Análisis

Los pioneros de la sociedad en red

Juan Luis Manfredi

La competitividad no depende de dónde esté la oficina, sino de la capacidad de conectarse a los flujos digitales de demanda

Nuestra vida tradicional, ligada al territorio y al contacto directo con terceros, coexiste con la vida digital, organizada en torno a internet y los nuevos dispositivos digitales. Estos se han convertido en proveedores de información y de recursos que reducen la necesidad de desplazarse y transforman los hábitos de vida. Vivimos conectados 24 horas y, por eso, el acceso a la red sustituye a la plaza del pueblo, a la cena de familia o al encuentro con los jefes. No es la web o la última red social de moda, sino que asistimos a la reconfiguración de la forma de relacionarnos en la nueva infraestructura de las ciudades. Son vecindarios abiertos a cualquiera que quiera conectarse. La movilidad y el móvil corren parejas.

Los nómadas digitales son pioneros que han sabido aprovechar las nuevas ventajas de la producción descentralizada, de la flexibilidad de los servicios y de la conectividad. La configuración espacial de las relaciones no depende de los puntos de contacto físico, sino de las redes digitales. La red recupera la vieja sociología industrial: la fortaleza de los lazos débiles abre nuevas oportunidades para el desempeño profesional a escala planetaria y en tiempo real. La red permite una flexibilidad antes desconocida, por lo que nos sorprende que  cada vez más individuos se libren de la hipoteca, descarten el empleo fijo o se desliguen de la familia convencional para vivir de alquileres temporales a través de plataformas, promuevan proyectos antes que empresas para toda la vida y organicen su vida personal con formas alternativas de convivencia.

Compartir es poder

Los nómadas son la vanguardia de la sociedad en red en la que la riqueza no procede de la acumulación de bienes o productos sino de la capacidad de emplear los servicios y articular soluciones mercantiles en torno a estos. En la red, compartir es poder. Los espacios compartidos (coworking) son el ejemplo recurrente de cómo organizar el flujo de trabajo con menos mesas pero con más conexión. La competitividad no depende, pues, de la ubicación de la oficina, sino de la capacidad de adquirir competencias y habilidades digitales, socializar y conectarse a los flujos de demanda de servicios digitales. Y esto puede realizarse desde cualquier punto del planeta. Es un desafío mayúsculo para las organizaciones convencionales, cuyo valor añadido en la era industrial consistía en la intermediación. Hoy el nómada conecta, ofrece sus servicios y vive donde quiere, lejos de la lógica industrial del horario y la producción en cadena.

El nomadismo ha provocado una paradoja formidable. La vida digital nos permite trabajar donde queramos, y resulta que hemos decidido vivir en enormes metrópolis. Londres, Barcelona, México, Estocolmo o Estambul son los destinos preferentes. Y todavía queda mucho por descubrir. Veremos cómo afecta a nuestro urbanismo el desarrollo del internet de las cosas, la gestión de los big data o las nuevas generaciones de tecnología móvil. Sigamos la pista de los nómadas digitales.

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