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La situación política catalana

Soberanismo, sensibilidad social y corrupción

Enric Marín

Si Mas no hubiera conectado con la centralidad política emergente, CDC sería hoy mucho más débil

El error político más sintomático de Rajoy en las últimas semanas fue afirmar que ya nadie habla del paro. Este error forma parte de un relato voluntarista basado en datos macroeconómicos que ignoran que los efectos sociales de la crisis tienen un recorrido más largo que la estricta recesión económica. Es decir, al lado y detrás de la crisis económica viene la crisis social. Las declaraciones triunfalistas que chocan abiertamente con la experiencia cotidiana de la gente corriente tienen un efecto inevitablemente contraproducente. Evidencian la poca empatía del gobernante con las dificultades de la ciudadanía y aumentan la distancia entre esta y los políticos. La situación se agrava si el político no es convincente contra la corrupción política. Estas razones explican una parte del naufragio del PP en Catalunya en las elecciones locales. En sentido inverso, la tendencia al alza de propuestas como las de ERC, Colau o la CUP se entiende, en parte, por su credibilidad en la lucha contra la corrupción o su proximidad ante las dificultades o sufrimientos de una parte significativa de la población. Y el hecho es que tener empatía con los sectores socialmente más desfavorecidos o mostrar intolerancia ante la corrupción no son actitudes exclusivas de las izquierdas. Las sociedades europeas más transparentes y socialmente más equilibradas a menudo se han construido con la participación directa de la Democracia Cristiana, por ejemplo. En cualquier caso, aquí y ahora la lucha contra la corrupción y por los reequilibrios sociales son aspectos centrales del debate político.

El fenómeno político catalán más importante de los últimos años es la centralidad política del soberanismo y el crecimiento exponencial del independentismo. Y, precisamente, se trata de un hecho generado de abajo arriba, en el contexto de la crisis. No es un movimiento elitista o promovido por el establishment. Es un movimiento de largo recorrido protagonizado por las clases populares. Por eso mismo, el ADN del soberanismo está marcado por una voluntad regeneracionista radical. Y las últimas elecciones lo han vuelto a evidenciar. Hay quien, de forma restrictiva, aún identifica catalanismo o soberanismo con la marca CiU. De hecho, este fue uno de los grandes éxitos del pujolismo. Pero lo cierto es que el soberanismo es tan plural como la propia sociedad catalana. Y el 24-M el soberanismo creció decantándose hacia la izquierda. Ante esta constatación, en el mundo convergente se pueden generar dudas que podrían expresar dos ideas muy diferentes: o que la apuesta por la independencia es un error estratégico, o que hay que resucitar la propuesta de la lista única cara a las elecciones plebiscitarias del 27-S. Ambas son cuestionables de forma parecida.

En cuanto a la apuesta independentista de CDC, es cierto que en los últimos cinco años CiU ha perdido apoyo electoral, pero sigue siendo la primera fuerza política catalana. De hecho, no hay manera de imaginar la renovación del centroderecha catalán al margen de lo que hoy representa el president Mas. Hay razones sólidas para pensar que si Mas no hubiera conectado con la centralidad política emergente, la situación de CDC sería mucho más débil. A la postre, desde la perspectiva de partidos sistémicos como el PSC, el PSOE e incluso el PP, la situación de CDC es envidiable. Los puntos realmente débiles del proyecto de CDC son la ambigüedad de Unió, la insuficiente determinación frente a la corrupción y una aparente falta de sensibilidad ante las crecientes desigualdades sociales. Es una cuestión de coherencia política y de empatía social.

Reactivar el debate de la lista única también sería un error. En primer lugar, no hay ninguna evidencia empírica que demuestre que las candidaturas encabezadas por Mas y Junqueras tengan más atractivo electoral yendo juntas que por separado. La experiencia internacional de las últimas décadas tampoco es concluyente. Hay de todo: algunas candidaturas únicas han fracasado y candidaturas diferentes pero coordinadas han ganado. En segundo lugar, el debate tendría efectos de división y desmotivación en el campo independentista. Y en tercer lugar, y aún más importante, porque diferentes candidaturas que comparten la hoja de ruta para la construcción de un nuevo Estado expresan mucho mejor la pluralidad de una sociedad tan singularmente compleja como la catalana. Glosando a Gramsci, podríamos decir que el soberanismo catalán está jugando una partida inspirada en la guerra de posiciones. Y un aspecto clave de esta partida de ajedrez es la definición de un proyecto de país inclusivo y socialmente y territorialmente equilibrado. En este sentido, las elecciones del 27-S también estarán marcadas por el debate estratégico sobre las líneas básicas del modelo social que se quiere construir.

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