08 ago 2020

Ir a contenido

Apuntes obvios tras el 24-M

Carles Campuzano

Tenemos un sistema de partidos nacional, claramente diferenciado del hegemónico en la mayoría del Estado. Ha sido siempre así desde 1977. De este hecho se deriva un mapa electoral marcadamente distinto. Y en esta ocasión aún más, cuando los dos grandes partidos estatales son, además, pequeños y los partidos de obediencia estrictamente catalana claramente hegemónicos. Sólo el País Vasco y Navarra expresan tan claramente su realidad nacional. Y en esta ocasión llaman además especialmente la atención los resultados en el País Valencià y las Illes Balears. Somos una nación y nuestros partidos son un reflejo muy potente.

Ciertamente toda política es local, como se dice en los Estados Unidos, y las elecciones municipales la afirmación es redundante; cada pueblo, cada ciudad, tiene su propia lógica al explicar los resultados del domingo, pero ciertamente hay tendencias globales que tienen su influencia, especialmente en los grandes núcleos urbanos.

La complejidad del país es grande y los resultados del domingo lo vuelven a poner de manifiesto; no es tampoco ninguna novedad pero en este cambio de época que estamos viviendo la complejidad del país se acentúa. Los análisis simplistas, desde cualquier de los polos ideológicos que nos articulan, no nos dejan ver la realidad. Ésta no es blanca o negra. Se evidencian algunas fracturas alrededor de la identidad, la edad, el impacto de la crisis, las expectativas sobre el futuro, el mundo más urbano y el mundo de comarcas... que seguro que pedirán el futuro recoser el país en muchos sentidos, más allá de los modelos de sociedad y los matices legítimos de cada uno.

Hay una interpelación que relaciona todas las demandas del país: una sociedad más democrática y decente. Desde el derecho a decidir y la independencia hasta la denuncia de las desigualdades pasando por la exigencia del fin de la corrupción, todo ello expresa un enorme deseo de cambio, superar una realidad que ha sido frustrante y que nos niega un futuro mejor a la mayoría. Seguramente el soberanismo es quien mejor ha sabido aglutinar durante estos años este sentimiento... pero no sólo lo hace el soberanismo. Como explica muy bien el amigo Eduard Vallory los procesos en Catalunya son unos cuantos. Todo un reto para un objetivo tan enorme como el que se plantea este nuevo catalanismo que explotó el 11 de septiembre de 2012. Habrá inteligencia, paciencia y persistencia para seguir avanzando y hacer posible el sueño de una Catalunya libre. Y será necesario que las fuerzas con mentalidad de gobierno y europeístas, interclasistas y vocación reformista, como CDC, lideramos las respuestas a las desigualdades ya la imprescindible regeneración democrática. En manos de los nuevos populismos esta agenda vital para el futuro del país está abocada a la frustración y al riesgo de perder el tren del progreso, la modernidad y la prosperidad.

La fragmentación que surge del 24 de mayo impone necesariamente el pacto. Sin pacto global o puntual los municipios serán ingobernables. Y el país no puede caer en la ingobernabilidad. El panorama económico y social que tendrán que afrontar muchos gobiernos municipales es ciertamente difícil y es complicado pensar que gobiernos muy minoritarios puedan hacer el trabajo que toca; ciertamente la sociedad no se lo puede permitir, menos aún después de unos años tan duros. La cultura del pacto debería imponerse y recordar que los países de éxito, aquellos que nos queremos parecer como Dinamarca o Austria, sus grandes familias políticas tienen la capacidad de ponerse de acuerdo en lo esencial y trabajar en la perspectiva del medio y el largo plazo.

La lealtad entre las instituciones del país será fundamental. En los peores años de la crisis y en el apoyo al proceso soberanista, el mundo local ha estado al lado del gobierno del país. Y esta circunstancia ha permitido garantizar mejor los servicios públicos esenciales del Estado del Bienestar y al mismo tiempo dar una fuerza enorme en la demanda en favor del derecho a decidir y el estado propio. Habrá que ver que pasa a partir de ahora, pero el apoyo al Govern continuará siendo básico y el discurso del odio debe ser desterrado del debate en un país democrático.

Son tiempos interesantes seguro, en muchos sentidos esperanzadores, pero que exigen mucha política de la buena y, sobre todo, políticas adecuadas al tiempo que nos ha tocado vivir, cargado también de incertidumbres y desafíos en todos los campos de la vida colectiva.