08 ago 2020

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La batalla de la interpretación

Astrid Barrio

Pasada la noche del recuento y una vez librada la batalla electoral empieza una segunda batalla, si cabe más importante que la primera: la batalla de la interpretación. Con independencia de lo que ha pasado de lo que se trata ahora es de construir el famoso relato explicando quien ha ganado, quien ha perdido y por qué ha pasado lo que ha pasado.

Empecemos por el principio. ¿Quién gana y quien pierde? Pues casi nadie pierde y casi todos ganan. Y ello es posible porque existen múltiples maneras de cantar victoria. Todas las cuentas valen y siempre se puede encontrar una que sirva. Unos dirán que han ganado porque tienen más votos, otros dirán que no, que lo que cuentan no son los votos sino los escaños y las concejalías que para eso sirve la ley electoral, y algunos, los más sofisticados, muy a lo Sartori, dirán que la victoria se mide por la capacidad de gobierno porque al fin y al cabo lo que cuenta es gobernar. Otro recurso habitual es comparar con elecciones pasadas, con las encuestas o con otros partidos, preferentemente los más directos rivales. Es decir se ha ganado más (o perdido menos) que en el pasado, que lo que pronosticaban las encuestas o que el partido rival. Y si se da la mala suerte de que ninguna de estas cuentas salga siempre queda el último recurso de contar por bloques. Aunque a uno le haya ido fatal como partido individual siempre se puede unir a la política de bloques y como en este país las facturas son transversales siempre se puede encontrar una que vaya bien. Esto nunca falla. Así uno se puede subir al carro de la izquierda, al de la nueva política, del soberanismo. Al que convenga en cada momento. Cualquier cuenta es buena para decir que se ha ganado y que los rivales han perdido o que al menos no les ha ido tan bien como dicen. Después de la resaca electoral y de que las ejecutivas de los partidos hayan hecho balance de los resultados y empezaremos a ver en base qué modalidad de cuentas cada partido construye su particular victoria o minimiza su derrota.

La segunda cuestión consiste en explicar por qué los electores han votado como han votado. Huelga decir que sociólogos y politólogos, por medio de distintas técnicas, llevamos casi un siglo intentando explicar el comportamiento electoral y sabemos que no es tarea fácil. Primero dimos importancia a las características del suelo e inventamos la geografía electoral. Luego centramos la atención en las fracturas sociales y en la identificación partidista. Y más tarde cuando no sabíamos explicar la volatilidad electoral nos inventamos eso del voto económico, el voto temático y el voto estratégico. Todo para que a día de hoy, honestamente, todavía no tengamos una respuesta inequívoca y que lo máximo que podemos aventurar es que el sentido del voto se explica por múltiples causas. Pero pese a nuestras precauciones el día después de las elecciones no faltan políticos, analistas y opinadores que tienen muy claro por qué la gente, así, a grosso modo, ha votado como ha votado. Y no contentos con explicar el voto se atreven además a interpretar qué quiere decir lo que se ha votado. Sirva a título de ejemplo como en Catalunya con los mismo resultados mientras unos celebran el auge del soberanismo otros dan al proceso por muerto y enterrado. Preparémonos porque la batalla del relato no ha hecho más que empezar. En unas semanas veremos quien ha logrado imponer su interpretación.