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Los sábados, ciencia

Te quiero, Baltimore

Manel Esteller

La ciudad de EEUU es un buen ejemplo del beneficio global que la investigación reporta a una zona

Estas últimas semanas mucha gente ha oído, quizá por primera vez, hablar de Baltimore. Es una ciudad de Estados Unidos cercana a Washington, en la costa este del país, y se ha visto trastornada por los graves incidentes derivados de la muerte de un chico afroamericano detenido por la policía local. Conozco bien Baltimore. Desde la tumba de Egdar Allan Poe a Lexington Market, desde el Inner Harbor a Fells Point, desde el Peabody Institute a Campden Yards. Pasé allí cinco años maravillosos y la quiero. Investigué en la prestigiosa Johns Hopkins University, que tiene quizá la mejor facultad de medicina del mundo. Es una ciudad de contrastes y muchos colores, pero desgraciadamente destacan dos polos claramente alejados: una parte de población mayoritariamente blanca alrededor de la universidad y  el hospital, y otra de personas generalmente negras con problemas asociados al tráfico de drogas y la especulación inmobiliaria en sus barrios.

Es necesario borrar estas fronteras, o en todo caso difuminarlas. Era curioso ver como a veces el vigilante de seguridad del laboratorio tenía por primo a un ladrón al que él mismo tenía que detener. Las contradicciones del sistema. El sueño americano, que a veces, con trabajo y suerte, te lleva a lo más alto, sin estas virtudes te puede hundir. El sistema europeo es más protector, más social si se quiere llamarlo de otro modo, pero a cambio no premia la excelencia e iguala por abajo. Una eterna dicotomía, dos visiones del mundo que muchos quisiéramos que no fueran opuestas ni excluyentes sino complementarias y en perfecta convivencia.

El hecho de que la Universidad Johns Hopkins y sus hospitales asociados estén y se expandan en Baltimore ha significado un gran beneficio para la ciudad. Los centros de investigación biomédica y de cualquier otra disciplina científica, así como los grandes centros hospitalarios, además de aportar salud y conocimiento al territorio, también ayudan a desarrollar la comunidad que los rodea. O así deberían hacerlo. Por ejemplo, ayudan a crear puestos de trabajo secundarios a su actividad de investigación, como los relacionados con la alimentación y la restauración, el transporte de mercancías, las agencias de viajes, la industria que crea, representa o distribuye el material inventariable y consumible de los laboratorios, etcétera. Es decir, un instituto de prestigio, bullicioso y con proyección internacional puede enriquecer claramente al pueblo o localidad donde se encuentra. Así pasó con los barrios donde se encuentran el Hospital Mount Sinai o Albert Einstein College of Medicine en Nueva York, o con el MD Anderson Cancer Center, que coloca a Houston en el epicentro del tratamiento oncológico a nivel mundial. En nuestro entorno, desde el Institut d'Investigacions Biomèdiques de Bellvitge (Idibell) creo que hemos ayudado a la transformación de esta área de L'Hospitalet. De la misma forma que el Institut d'Investigació Germans Trias i Pujol (IGTP) da un valor añadido a Badalona o el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona (PRBB) puso su importante grano de arena en la transformación de la Barceloneta y la apertura de Barcelona al mar, o el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) beneficia a Castelldefels. En este sentido, la relación de los centros de investigación con sus barrios/ciudades debería ser idealmente una relación de simbiosis, dándose mutuamente lo mejor de cada uno de ellos.

La labor social de los institutos de investigación y de los hospitales no puede ser menospreciada y también debería ser fomentada. Son elementos de catálisis, de transformación del paisaje urbano. Son lugares de creación de ascensores sociales, especialmente para sus vecinos. Antídotos contra la exclusión. Herramientas poderosas de crecimiento personal y de bienestar económico que también deberían servir para incorporar al mercado laboral a personas con minusvalía, para hacer caer definitivamente en el olvido la discriminación de género y para permitir la integración plena de los nuevos inmigrantes en el territorio. En relación con este último punto, los laboratorios americanos están llenos de investigadores asiáticos de segunda generación, por ejemplo. Catalunya debe hacer lo mismo aprovechando el enorme potencial de los recién llegados, dándoles la oportunidad de sumarse al mundo universitario y académico, como antes también hizo con el mundo del trabajo menos cualificado. Por favor, volvamos a ser un país que dé ejemplo, como hemos demostrado siempre en nuestra historia.

Hay otra referencia de la cultura popular relacionada con Baltimore. Está incluida en la canción Hungry heart, de Bruce Springsteen, y dice: «Got a wife and kids in Baltimore, Jack / I went out for a ride and I never went back» («Tengo mujer e hijos en Baltimore, Jack / Un día salí a dar una vuelta y nunca volví»). Yo seguiré volviendo a mi Baltimore y queriendo a la ciudad por la promesa de un futuro mejor que representa.

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