04 abr 2020

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Análisis

Ave Fénix

José Antonio Bueno

La 'normalización' de Construmat significa que también lo hace la economía real. Ahora hace falta aprender de los errores del pasado

Todo apunta a que esta edición de Construmat será, por fin, algo parecido a una edición normal tras años en los que este histórico salón ha logrado lo que no parecía evidente…sobrevivir. La verdad es que la Fira ha resistido mejor que bien estos años de crisis pues sus grandes salones históricos han conseguido capear el temporal de una manera más que digna a la par que ha ido añadiendo salones en sectores punteros, destacando la capitalidad mundial del móvil, pero ni mucho menos es ese el único éxito de la Fira. Esta institución, realmente necesaria en una Barcelona cada vez de nuevo más global, se ha ido reinventando y ha superado con nota unos años muy difíciles, mientras que otros muchos certámenes celebrados en el resto de la geografía española han ido cerrando por falta de expositores.

Los salones feriales nacieron en un momento concreto para mostrar productos nuevos a profesionales y/o particulares. Ahora con la ventana global de internet los salones feriales ya no son el único canal para la comunicación de novedades pero los salones son también centro de encuentro de los profesionales e incluso de animación de ventas. Evidentemente que la actividad ferial ha evolucionado, y lo seguirá haciendo, pero no es, ni mucho menos, una actividad en vías de extinción.

Construmat, además, es un buen termómetro del sector de la construcción, denostado hasta la saciedad por ser donde creció la burbuja cuya explosión casi se lleva a todo el país por delante. Pero la culpa la tuvo la avaricia de los que se dedicaron a invertir como si no hubiese un mañana en un sector que fue el primero en sufrir la crisis en sus carnes. Se ganó mucho dinero en la construcción en la década pasada, pero más se ganó especulando, que no invirtiendo, en promoción inmobiliaria.

La reaparición de la grúa

El que este salón se normalice es también una señal de que nuestra economía real lo está haciendo. Comenzamos a ver grúas en las ciudades y el sector inmobiliario se anima. Ojalá esta vez nuestra sociedad tenga un poco más de mesura que en la década anterior ahora que aún estamos con el cuerpo de resaca de la última borrachera inversora. Los tipos de interés están, de nuevo, demasiado bajos y los bancos quieren prestar dinero, pero las heridas están suficientemente frescas (morosidad al 12%) como para que nos equivoquemos colectivamente tan pronto. De todas formas habrá que ver con el rabillo del ojo si la construcción aporta al PIB lo propio de un país desarrollado o vuelve a pasarse de frenada.

Está por ver si hemos aprendido algo de estos largos siete años de crisis. En este salón vamos a ver, seguro, materiales y soluciones más sofisticadas. La eficiencia energética, la domótica y los hogares inteligentes van ganando terreno a las soluciones propias de momentos de desarrollo sin control. Bienvenida sea la construcción inteligente, y también el desarrollo inmobiliario con sentido. Lo que no tiene ninguna lógica son los atajos para el dinero fácil, sea con ladrillo, con acciones o con lo que sea. La construcción no ha sido el problema, sino la codicia de unos cuantos.