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Un compromiso bajo, una respuesta tardía

RAFAEL VILASANJUAN

El camino que va de las promesas a la acción suele ser largo. Cuando se apagan los focos y el escenario desaparece de las portadas, la preocupación y el compromiso normalmente también se esfuman. ¿Esta pasando eso ya en Nepal, cuando todavía no se ha cerrado ni siquiera la fase de emergencia?

Buena parte de las ayudas que Naciones Unidas solicitó para dar respuesta a las necesidades de la población no se han recibido. Probablemente tampoco acabarán llegando. Lo sorprendente es que los recursos hayan dejado de fluir cuando apenas han pasado tres semanas y muchas de las historias de aquella tragedia siguen salpicando en los medios.

El problema no es que la gente haya perdido su instinto solidario. Mas bien al contrario. Mientras los donativos afloran hacia las organizaciones internacionales, los gobiernos han dejado de entender la ayuda como una responsabilidad, para considerarla como un gasto sin retorno. Por eso tal vez convenga recordar algunas de las causas por las que este compromiso se revela tan bajo.

Muchos frentes abiertos

Para empezar lo que no ayuda es el sistema. Por naturaleza las emergencias no se pueden planificar y solo cuando suceden, Naciones Unidas lanza un llamamiento para conseguir fondos de manera voluntaria. El resultado es que la respuesta siempre llega tarde, pero además, con muchos frentes abiertos, con millones de desplazados de los conflictos en Siria, Irak y Libia y la campaña reciente para hacer frente al ebola, muchos países donantes alegan fatiga y cierran la caja a la espera de que otros se comporten con mayor generosidad. Es el caso de España, que solo ha hecho una donación a Nepal para calmar conciencias, no para hacer frente al sufrimiento de los nepalís.

Tampoco ayuda que la inyección de recursos en una economía empobrecida ofrezca muchas posibilidades de corrupción y abuso de poder. La presión para actuar rápidamente genera enormes retos logísticos y de coordinación que no siempre ofrecen garantías, pero no puede ser excusa para no actuar. De la misma manera que hay que pedir transparencia y rendición de cuentas al Gobierno de Nepal y a la ONU, mientras la ayuda no llega, el efecto en las personas es devastador.

Por fortuna para Nepal, la empatía de los donantes con las víctimas de los desastres naturales es mayor que en los conflictos. Sin menospreciar el gesto solidario, la posibilidad de que mañana pueda ocurrirnos aquí empuja.

Por eso los donativos que la sociedad está volcando generosamente en las organizaciones internacionales están cubriendo en estos momentos lo que no ayudan los gobiernos. No es la solución, pero de momento, para miles de familias, supone la diferencia entre la dignidad y la desesperación, a veces también entre la vida y la muerte.