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El próximo 24 de mayo elegiremos representantes para ayuntamientos, diputaciones y parlamentos. Pero sobre todo vamos escoger, indirectamente, gobiernos. Las encuestas que han venido publicándose en los últimos meses avanzan un panorama muy fragmentado, con una misma pauta en todas partes: la caída simultánea de PP y PSOE. Lo que uno pierde, el otro no lo gana. En esta ocasión los votantes parecen huir del denostado 'voto útil' o voto estratégico.

Así se denomina a aquellos votantes que deciden votar un partido que no es su primera preferencia, cuando intuyen que su partido preferido tendrá pocas opciones de obtener representación debido a los efectos del sistema electoral. Es lo que los expertos han denominado el voto 'maximizador de escaños'. Durante años, miles de simpatizantes de IU decidieron votar al PSOE para impedir la pérdida de su voto.

La elevada volatilidad que sugieren las encuestas, porque muchos exvotantes del PP y del PSOE se irán a terceros partidos, convertiría esta vez el voto útil en irrelevante. Si esto finalmente se confirmara, especialmente en las autonómicas y generales, debemos estar preparado para cambios inéditos en los parlamentos.

Sin embargo, las propias encuestas y sus escenarios de incertidumbre a la hora de producir estabilidad gubernamental pueden convertirse a su vez en potentes motores de otro tipo de voto estratégico: el que decide votar a un partido distinto de su favorito si este tiene pocas opciones de gobernar o si piensa que así evitará que gobiernen sus partidos más detestados. El voto ‘maximizador de gobiernos’.

¿Qué panorama están dibujando las encuestas? En la mayoría de casos, el PP revalidaría su posición como primer partido (aunque muy debilitado) y las expectativas de gobiernos estables pasarían necesariamente por aritméticas complejas: o bien una coalición PP-Ciudadanos o una coalición entre tres o cuatro partidos, en los que el PSOE debería convivir a la vez con Ciudadanos y Podemos.

Planteémonos casos concretos. De acertar la encuesta preelectoral del CIS para la Comunidad Valenciana, las Cortes valencianas se convertirán en un verdadero sudoku político. A menos que Ciudadanos aceptara una arriesgada coalición con el PP, la única alternativa pasaría por un acuerdo en los diversos partidos que formarían la oposición, de orientaciones dispares. La debilidad del PSPV o de Compromís frente a los nuevos partidos haría más improbable esta coalición alternativa, lo que nos situaría en un escenario paradójico: Fabra como presidente autonómico en un parlamento con una mayoría política alternativa impotente para construir pero capaz de torpedear. Estos dilemas pueden repetirse en otras autonomías, como Madrid o Baleares, y en numerosos ayuntamientos.

Un caso extremo puede ser Barcelona, donde además se cruza la cuestión soberanista. Según los datos del CIS, la victoria de Ada Colau no aseguraría que esta se convirtiera en alcaldesa, dadas las dificultades para tejer alianzas entre las otras formaciones. La gestación de la propia candidatura ya puso en evidencia las desavenencias con fuerzas cercanas. Mucho menos probable sería un acuerdo con los vilipendiados socialistas o ERC. Y aún faltarían apoyos. En realidad, la caída del PSC estaría socavando la posibilidad de una mayoría alternativa de izquierdas en el consistorio y allanaría el camino a Xavier Trias, incluso si este no ganara.

En conjunto, la estabilidad y la capacidad de los gobiernos que salgan de estas elecciones parece enormemente comprometida. Y la razón de fondo es la debilidad resultante que las dos grandes fuerzas (PP y PSOE) van a tener para articular gobiernos viables.

Por supuesto, esto es solo una especulación. Lo importante aquí no es tanto si tales presagios se confirmarán como si la sombra de incertidumbre que proyecten puede acabar persuadiendo una parte de los electores que abandonan a los grandes partidos para replantearse su voto.

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Si los votantes que quieren castigar al 'establishment' y apoyar a quienes proponen una nueva manera de gobernar sospechan que el resultado final puede ser no el viejo gobierno, sino la ausencia de gobierno, podrían estar tentados de plantearse un voto estratégico contra la ingobernabilidad. ¿Cuántos electores estarían en disposición de seguir esta razonamiento? Eso no lo dicen las encuestas.

Los partidos son absolutamente reacios a explicarles a sus electores con qué partidos preferirían formar coalición. Y con razón: los electores suelen castigar este ejercicio de transparencia política. Sin embargo, en estas elecciones esta será probablemente la cuestión más importante a la hora de decidir el voto.