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Análisis

¿Quién manda en el fútbol?

Ernest Folch

Los futbolistas van a hallar poca solidaridad con sus reivindicaciones, pero el problema real es que el poder del fútbol español es muy opaco

Vista de cerca, una huelga de futbolistas de élite es en sí misma una reivindicación grotesca. Ver a jugadores que cobran cifras de seis ceros e incluso de siete amenazar con suspender su trabajo es casi la mejor forma de deslegitimar una medida que adquiere su sentido cuando sirve para defender los derechos de los mineros de Asturias pero suena hueca cuando encubre reivindicaciones de deportistas privilegiados. La huelga es conocida mediáticamente porque pretende reclamar para los futbolistas una asignación directa del nuevo reparto de los derechos de televisión, que iría a ayudar a futbolistas humildes y a dotar un fondo de pensiones. Pero de fondo hay la voluntad de mejorar la posición económica de todo el gremio: una de las reivindicaciones de la Asociación de Futbolistas Españoles es que los profesionales del fútbol eviten que el pago del 15% como derechos de imagen cuente como salario. Es decir, quieren evitar pagar más impuestos, algo que confirmaría que viven fuera de la realidad: en un país donde las cargas impositivas se han incrementado para trabajadores con sueldos misérrimos, parece un chiste pedir un trato de favor para salarios astronómicos o como mínimo mucho más altos que el resto. El Gobierno de Zapatero derogó la denominada ley Beckham, que permitía que los futbolistas extranjeros que llegasen a España tuvieran una retención máxima del 25%, y ahora parece que quieren volver a la antigua situación de privilegio.

Los futbolistas quieren un trato diferencial en un contexto en el que tanta gente se ha apretado el cinturón: este es el primer problema, pero no es ni siquiera el más importante. Porque en el trasfondo de esta huelga hay una enconada y fratricida lucha por el poder. En realidad, no está en juego quién cobra más sino algo mucho más decisivo: quién manda. Y es que el desigual reparto de los derechos de televisión ha vuelto a enfrentar a la RFEF, aliada de la AFE, con la Liga de Fútbol Profesional, algo así como la patronal del fútbol. Y esta es hoy la foto de la guerra del fútbol español: una federación casi norcoreana que tiene el mismo presidente desde hace 27 años se enfrenta abiertamente a una asociación que tiene como presidente a Javier Tebas, un exmilitante de Fuerza Nueva. No es muy sorprendente que el dudoso colectivo de presidentes de clubs elija un perfil tan siniestro para representarles ni que la RFEF tenga un concepto tan particular de la democracia. Lo que ya es más curioso es que un deporte que mueve tanto dinero esté en manos tan sospechosas.

Cierto, los futbolistas van a encontrar poca solidaridad con sus reivindicaciones, pero no nos engañemos: el problema real es que en el fútbol el poder es tan opaco y predemocrático que en realidad no se sabe quién manda. La consecuencia es que el que paga el invento, que es el público, no tiene ni voz ni voto en un deporte que parece haber olvidado que sin la gente no hay espectáculo. Que no se pasen de listos: la única huelga letal es la que podrían hacer los espectadores. Mientras, seguimos sin tener respuesta a la pregunta clave: ¿quién manda en el fútbol?

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