Ir a contenido

La enseñanza superior

Segundo de bachillerato, ¿y luego qué?

Anna Pagès

Los jóvenes tienen razón en cuestionar la productividad académica a toda costa al acceder a la universidad

A menudo encontramos a algunos jóvenes desorientados y perplejos en primero de carrera. Han elegido unos estudios universitarios pero no están del todo seguros de su elección y sufren, no se atreven a reconocer que quizá preferirían estudiar otra cosa. En segundo de bachillerato, la familia presiona en un sentido u otro y les encamina pensando en las salidas profesionales y en la perspectiva de un trabajo en el mercado laboral. Hay que ser pragmático: la universidad es una inversión de larga duración que debe terminar haciendo posible «ganarse la vida». En segundo de bachillerato, la presión por los estudios y la entrada en la universidad parece una vía de todo o nada. Angustia mucho a las familias y a los chicos y chicas, que no pueden imaginarse otra cosa que la matrícula universitaria el curso siguiente... o una especie de catástrofe general insoslayable.

Mientras tanto, nuestros jóvenes se preguntan qué quieren hacer, qué les gusta, y muchas veces se imaginan una pasión por una carrera. Por otra parte, las redes sociales promueven las sensaciones intensas, querer algo al máximo, por encima de todo, como si te fuera la vida. Si no lo sientes así, entonces es que tienes un problema, te falta vocación y te sientes culpable de no querer eso que debería ser tan intenso y maravilloso. Mientras tanto, todo se precipita: la información, las notas, los exámenes, el Saló de l’Ensenyament, la selectividad, las notas de corte, las preinscripciones, las opciones... Es un exceso en muchos sentidos: académico, psicológico, social. Algunos jóvenes sucumben a este exceso y tienen crisis personales importantes.
Sin embargo, si miramos este asunto con un poco de perspectiva podríamos relativizarlo, aunque conscientemente nos cueste decirlo con estas palabras. En los países nórdicos, en Alemania y también en Estados Unidos, forma parte de la cultura, y por tanto de los ritos de transición de los jóvenes, tomarse un año después de los estudios de bachillerato y, antes de decidir qué quieren estudiar, viajar y ver mundo, aprender lenguas, colaborar con algún proyecto de voluntariado, hacer deporte, trabajar... En fin, disponer de otro tipo de experiencias que les permitan situarse y decidir después qué quieren hacer, en otras condiciones subjetivas y existenciales, con perspectiva y más paz interior.
¿Cuál sería el problema de dejarles tranquilos, de dibujar un ritual de pasaje suficientemente amplio que les permitiera respirar hondo y contemplar libremente con calma las posibilidades y un cierto escenario de futuro? No todas las experiencias formativas son exclusivas de la escuela. ¡Hay vida fuera, en el mundo! Pero nuestro pretexto es que «no hay tiempo».
El tiempo es precisamente lo que los adultos responsables y con trabajo no tenemos. Padres y maestros repetimos la frase «no se puede perder un año». La idea de que dar tiempo equivale a una falta de productividad y que esta sea a menudo la divisa que acompaña a la sobrecarga de trabajo y estudio en segundo de bachillerato es algo sintomática y bastante decepcionante. Efectivamente, la sociedad en la que vivimos no permite a nadie ni errores ni rectificaciones, pero por encima de todo no permite improductividad. Hay que saber qué hacer, ser asertivo, salir adelante, ser proactivo y emprendedor. Ante todas estas exigencias, los jóvenes frenan en seco, muchas veces cuando están al final del primer año de carrera, y descubren que eso no es lo que querían o deducen que lo hicieron por la familia, para que estuvieran contentos, pero que no les interesa realmente. A la vez, se dan cuenta de que toda la turbulencia de segundo de bachillerato, concentrada en unos meses de su vida, se ha convertido de repente en una especie de condena irreversible.

Este es, precisamente, el aspecto menos educativo de todos, y los jóvenes tienen razón en detenerse y dejarlo caer, en cuestionar los ideales del beneficio a corto plazo y la productividad académica a cualquier precio. ¡Cuántas veces decimos que los jóvenes están apáticos, desganados, que es como si no tuvieran ningún deseo de nada! Nos equivocamos completamente.
Cuando los jóvenes deciden pese a todo, pese a la familia, las expectativas y el ideal del beneficio a corto plazo, dejar los estudios universitarios el primer año o no aceptar la carrera que les recomiendan fervientemente, muy a menudo es por dignidad. Una dignidad que nosotros no podemos entender pero que no por eso deja de suceder como algo auténtico. Tras el segundo de bachillerato, para muchos de ellos surge un interrogante sobre el mundo en el que viven realmente y la perplejidad de quien lo recibe como herencia, sin a veces poder imaginar una alternativa más humana, más libre, más solidaria.

0 Comentarios
cargando