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¿Se equivocan las encuestas?

Sílvia Cóppulo

Vivimos a golpe de encuesta. Esta semana hemos visto como en Gran Bretaña los sondeos durante la campaña otorgaban unos resultados muy igualados entre conservadores y laboristas. Al final han ganado con mayoría absoluta los conservadores. El resultado es tan diferente del que preveían las encuestas de intención de voto que Peter Kellner, consejero delegado de YouGov, que es la empresa demoscópica, ha pedido disculpas públicamente. Argumentó que la gente dice una cosa y después hace otra.

Quizás tendríamos que ver que muchas personas cuando dicen a quienes votarán y expresan la intención de cambiar, quizás lo que están haciendo es hablar de lo que les duele y, cuando aseguran que harán un cambio muy importante en su voto, lo que están expresando es un malestar muy importante con la situación actual que viven. Ahora bien, para acabar haciendo un voto de castigo, quizás tenemos que pensar que hacen falta dos condiciones: la primera que la indignación sea muy grande con los que se habían votado antes. Y la segunda, que los nuevos generen suficiente confianza y percepción de solidez. Algunos votantes podrían decir íntimamente: no vamos bien y queremos ir. Pero si cambiamos, todavía podemos ir a peor. 

Si analizáramos así las encuestas, seguramente entenderíamos más el trasfondo de lo que siente la ciudadanía. Pero a estas alturas debe de ser muy difícil otorgar tanto espacio a la serenidad. Vivimos deprisa. Los medios consideramos muy noticiable cada porcentaje conseguido y los partidos utilizan los sondeos de propaganda. 

Como una frase hecha, decimos que las encuestas actúan como termómetro de la realidad. Un termómetro te muestra si el paciente tiene fiebre. Ahora bien, la fiebre no es una enfermedad. Es un síntoma de una enfermedad y no el pronóstico de su evolución.