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La explicación del resultado electoral en Reino Unido descansa, por supuesto, en una multitud de causas. Parece, por ejemplo, que ha pesado más la valoración positiva de la gestión económica realizada en estos cinco años que el deterioro de importantes elementos de protección social. Y, en el pulso entre dos líderes sin apenas carisma, se habría impuesto el discreto brillo del actual primer ministro sobre un Ed Miliband con muy escasa capacidad de seducción.

Pero al observar cómo han evolucionado todos los partidos relevantes -que ya no son solo el conservador y laborista, sino también el liberal, el nacionalista escocés y el UKIP-, puede concluirse que esta elección es el resultado de una serie de apuestas arriesgadas que David Cameron ha tenido la suerte de ganar. Apuestas plasmadas todas ellas en forma de referéndum; un instrumento hasta ahora casi inédito en un sistema político basado en el Parlamento como fuente de legitimidad.

Cameron apostó y ganó al negociar en 2010 un pacto de coalición con los liberal-demócratas que le aseguraba la gobernabilidad. La principal contrapartida que arrancó entonces Nick Clegg fue someter a consulta popular un sistema electoral más proporcional que, en caso de haberse adoptado, hubiera reducido mucho el potencial mayoritario del partido conservador. La votación se realizó en el 2011 y, aunque este jueves se ha vuelto a demostrar que el país es pluripartidista, los británicos prefirieron entonces retener el clásico modelo de distrito uninominal que premia a los grandes. Esta vez, además, el sistema 'first-past-the-post' (en su expresión inglesa) ha resultado más trascendental que nunca para la victoria 'tory' pues ha vuelto a castigar las opciones ideológicamente cercanas (los populistas euroescépticos o los propios liberales) y, sobre todo, dañar de forma insólita a los laboristas en Escocia.

Escocia y la derecha inglesa

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Porque es precisamente en Escocia donde reside la segunda gran apuesta ganadora de Cameron: un referéndum de independencia que, desde luego, resultaba muy arriesgado para un partido que se denomina «conservador y unionista». Es cierto que esta jugada estuvo a punto de salirle mal al primer ministro -confiaba en una victoria más clara del 'no'- y es verdad también que ha sido contraproducente para su intención última de acallar al nacionalismo escocés. Pero el paradójico perjudicado de todo ese proceso ha acabado siendo, en efecto, el partido laborista que era dominante en Escocia, y que en gran medida dependía de ese apoyo para aspirar a ganar en todo el Reino Unido. Ahora, 56 de los 59 escaños en liza se han ido para un exultante SNP que ha sabido capitalizar el rechazo tradicional de ese territorio a la derecha inglesa.

Aún hay una tercera apuesta arriesgada de Cameron en forma de referéndum: el de 2017 sobre una posible salida de la UE tras renegociar con Bruselas -o, al menos, intentarlo- los términos de pertenencia. El anuncio le ha servido ahora para amortiguar la fuga de votos a UKIP pero no está claro que esta vez el primer ministro gane. Eso sí, hasta ahora la suerte le ha acompañado.