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En los últimos días, tras la detención del exvicepresidnte Rato, se ha vuelto a instalar en la opinión publicada la sensación de que se aproxima un derrumbe electoral del PP en las próximas citas electorales e incluso se ha abierto la hipótesis de una caída anticipada de Rajoy, al estilo de Thatcher en 1990. Cierto es que, con la velocidad de vértigo que ha alcanzado la política en España, Catalunya incluida, casi nada es descartable. Pero algunos escenarios apocalípticos son poco probables, incluso poco verosímiles si tratamos de comprender el detalle de cómo funcionan las cosas. Repasemos las variables de la ecuación.

La primera variable: si nos atenemos a las encuestas, el escenario más probable en estos momentos es el de una victoria del Partido Popular en las próximas elecciones autonómicas municipales. A pesar de todo lo que ha caído y se ha vaticinado, no se sorprendan si el próximo 25 de mayo el PP es el partido más votado en casi todas las autonomías y grandes municipios donde venía gobernando hasta ahora. Incluso con cierta ventaja respecto al segundo partido. Sería paradójico que el primer resultado del auge de Podemos Ciudadanos fuera la victoria del PP, producto de la fragmentación del voto de oposición.

La segunda variable: el panorama parlamentario resultante será altamente fragmentado, con un ascenso importante de los nuevos partidos, en detrimento de PP y PSOE. De modo que nos encontraremos con asambleas municipales y autonómicas en las que serán necesarias mayorías compuestas por dos, tres o cuatro partidos. En ese caso, serán las fuerzas emergentes quienes determinarían el desenlace. Como sucede en Andalucía.

La tercera variable es la incógnita: ¿qué postura adoptarían Podemos y Ciudadanos ante los dilemas de pactos? Una coalición de gobierno con el PP antes de las generales parece una estrategia improbable. En su lugar, podrían optar por fomentar pactos de alternancia con el PSOE, tolerando, apoyando o entrando en ejecutivos multicolores e implicándose en primeras medidas de gobierno con presupuestos aprobados (si no consumidos) por sus predecesores. Algo que tampoco acaba de convenir en sus estrategias de cara a las elecciones generales de otoño.

Una tercera opción para Podemos y Ciudadanos es enfriar el juego, adoptar un papel inicial de simple oposición y evitar comprometerse en cualquier coalición a fin de preservar su estrategia ante los comicios generales. Esta posición podría abocar a municipios y autonomías a una situación de inestabilidad, en la que el principal favorecido sería el PP. En el ámbito municipal, la norma es contundente: en ausencia de una mayoría alternativa, el partido que gane las elecciones obtendrá la alcaldía en el momento de constitución del pleno municipal. En las autonomías, se da mayor margen para el juego, en el que resulta fundamental la figura del presidente del Parlamento autonómico, que decide el ritmo de las consultas con los partidos y propone al candidato a la presidencia. De hecho, la elección del jefe de la cámara, a finales de junio, será un primer indicador de por dónde irán los derroteros.

Incluso, los nuevos partidos podrían optar por no formar coalición alternativa pero tampoco dejar pasar al candidato del PP en minoría, ni siquiera en segunda votación. Puesto que el PSOE en ningún caso secundaría lo que el PP no ha querido hacer en Andalucía (dejar que gobierne la lista más votada), llegaríamos al caso inusual, pero no inédito en el que el candidato inicial cayera por falta de apoyos. Podríamos entrar en julio, incluso llegar a septiembre, con gobiernos autonómicos salientes cesados y parlamentos sumidos en la incertidumbre. ¿Un escenario impensable?

La suma de estas tres variables puede provocar un desenlace estrambótico: autonomías y grandes ayuntamientos con mayorías de izquierda, pero con gobiernos en funciones o del PP. Si este fuera el caso, habría que ir encargando a los Reyes Magos una normativa actualizada sobre mociones de censura. O una crónica política de cómo una mala gestión de sus buenos resultados se llevó por delante al CDS en la legislatura de 1987.

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Aunque para entonces el presidente Mariano Rajoy tendría mucho más claro el terreno sobre el que preparar su campaña electoral. La garantía de estabilidad contra el lío de la ‘nueva política’. Todos contra el PP. Quizá un mal escenario para los líderes territoriales del PP, aunque mucho más propicio para el candidato Rajoy. Con esas coordenadas, sería incluso más sencillo decidir si avanzar o no las elecciones para septiembre (¿coincidiendo con alguna elección anticipada autonómica?). Incluso así le haría el favor que hace tanto tiempo Artur Mas está esperando.

Es común hacer mofa con el temperamento flemático del presidente Rajoy. Pero tras 34 años en política, responsabilidades en todos los niveles de gobierno, cinco nombramientos ministeriales y un accidente de helicóptero superado, lo ha visto (y sobrevivido) todo en política. O casi.