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A un mes de las elecciones municipales autonómicas, y a punto de entrar en la recta final de la legislatura, el Barómetro de EL PERIÓDICO refleja una situación sin apenas precedentes en la democracia española: cerca de la mitad del electorado que se plantea ir a votar está pensándose cambiar la orientación de su voto de 2011. Algunos que se abstuvieron entonces ahora han decidido no hacerlo ahora, y muchos otros votarán a un partido distinto de hace cuatro años. A ellos hay que sumar los nuevos electores que se incorporan al censo, y que están decididos a votar partidos nuevos.

De hecho, si se confirmara la estimación de voto que ha realizado el GESOP a partir de estos datos, en las próximas elecciones se produciría una volatilidad electoral en torno al 38%, una cifra que solo puede compararse con el 42% que se produjo en 1982 (la media para todas las elecciones desde 1977 es de 13 puntos). Por supuesto, este volumen de cambio significa que muchos votantes, de todos los partidos sin excepción, están planteándose nuevas alternativas. Esto explica el desplome de la fidelidad del voto y el aumento de las transferencias electorales entre partidos. Solo el 50,4% de los que votaron al PP en 2011 han decidido ya mantener su apoyo al partido de Rajoy, mientras que el 45,6% de los votantes socialistas tienen pensado seguir votando al PSOE. Si este nivel de cambio no es usual, resulta inédito que se produzca simultáneamente en los dos principales partidos. Otros lo tienen aún peor: se desploma la fidelidad de voto a IU (solo un 25,7%) y a UPD (7,7%). Ni siquiera se mantendría la fidelidad en el voto de las elecciones europeas de hace un año, donde también se manifiesta un porcentaje alto de transferencias de cara a las próximas generales.

Existen dos espacios en los que el voto resulta especialmente volátil. Uno de ellos, lógicamente, es el que se está dando en la izquierda. El trasvase de votos a Podemos deja IU sin sustento, y pone en riesgo la condición del PSOE como principal partido de la izquierda. Pero es en el centro, y en torno a Ciudadanos, donde la volatilidad puede generar mayores consecuencias para la gobernabilidad en el futuro.

En este escenario, puede suceder casi cualquier cosa, aunque parece bastante probable que la política española se vea abocada al juego de coaliciones de gobierno en el ámbito estatal, con una gran novedad: ahora no será el posibilismo regionalista de CiU quién decida la fórmula, sino partidos de ámbito estatal nuevos que aspiran a gobernar. Dada la ausencia de precedentes (al margen del ámbito autonómico y local, demasiado distinto para servir de referencia), los partidos deberán aprender a valorar las opciones, y tener en cuenta, entre otras variables, lo que piensan sus propios votantes.

En este aspecto, casi ninguno de los votantes que abandona a PP o PSOE está por una gran coalición, aunque ni siquiera sus votantes fieles se plantean esa opción seriamente. Por el contrario, mientras que los votantes fieles al PP en estos momentos apuestan por gobernar con Ciudadanos (75%), los que seguirán dando su apoyo a PSOE se dividen a partes iguales entre Ciudadanos (40%) y Podemos (38,2%). Esto deja al PSOE en un dilema aparentemente mayor que el PP a la hora de decidir con quién debería gobernar. Si es que surge ese dilema.

Aunque el colapso en la fidelidad del voto de hace cuatro años deja la competición muy abierta, la elevadísima volatilidad que ahora se está detectando en las encuestas obliga a ciudadanos y políticos a ser muy cautos y no dejarse llevar por expectativas sobredimensionadas o perder los nervios a golpe de titular.

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Estamos hablando de un grupo de unos 5 millones de votantes, muchos de los cuales podrían replantearse su voto de aquí al momento de depositarlo en la urna. Recordemos que, después de las elecciones europeas de 2014, casi la mitad de los votantes reconocían estar dispuestos a votar partidos distintos, o a replantearse su voto según los resultados esperados, según datos del CIS. Estos votantes componen el terreno de caza en el que los partidos competirán en los próximos meses. Pero también indican una elevada incertidumbre a medio plazo: si PP y PSOE no implosionan, son potenciales electores que pueden volver a votarles en un plazo medio, si los nuevos partidos no confirman sus expectativas generadas.

Serán los resultados de las próximas elecciones de mayo, y la forma en que los partidos gestionen los dilemas y contradicciones que se deriven de ellos, lo que acabará de consolidar las tendencias de cambio. Hay muchos votantes que quieren cambiar su voto, pero aún no tienen toda la información que esa decisión requiere.