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Los jueves, economía

Varoufakis, Kant y Marx

Josep Oliver Alonso

Resolver la crisis griega es un proceso complejo que puede acabar con el retorno a quién sabe dónde

El drama griego avanza hacia un final desconocido, todavía envuelto en una espesa niebla. Mientras tanto, su ministro de Hacienda, Yanis Varoufakis, continúa una particular cruzada en los medios criticando con dureza la gobernanza europea y sus consecuencias. En la última de sus apariciones, en un conocido programa de televisión español, volvió a insistir en los males de nuestra incompleta Unión Monetaria. Su crítica se centró en la incapacidad del BCE para salvar a países europeos en dificultades, a diferencia de la actuación de los bancos centrales de EEUU, Gran Bretaña o Japón. En todos estos casos, argumentó, se ha rescatado a países con situaciones fiscales muy difíciles, cosa que no ha hecho, y no está haciendo, nuestro BCE.

Esta crítica a la actuación, o a la falta de ella, de las instituciones europeas es esencialmente injusta, incorrecta y, además, carente de nuevas ideas. Remite directamente a las propuestas que emergieron en la crisis de la deuda de 2010-2011. ¿Recuerdan las demandas de emisión de eurobonos? ¿O las peticiones de compra de deuda pública por el BCE? ¿O las críticas a la falta de voluntad política para resolver la crisis financiera? Pero escuchando a Vaorufakis, no fue solo el recordatorio de esas propuestas. Tuve la impresión de un lejano dejà vu, en mi adolescencia y primeros años de juventud, cuando discutíamos interminablemente acerca de la conducta humana y, en especial, de la razón, o sinrazón, de la famosa dicotomía kantiana entre el ser y el deber. La insistencia en lo que debería hacer la Unión Europea, tan presente en las propuestas de 2010-11 y en las críticas de hoy de Varoufakis, me recuerda aquellos lejanos debates. Lastimosamente, en la arena internacional, la regla de comportamiento moral de Immanuel Kant yerra. No es de aplicación a las relaciones de poder entre los países y, por descontado, tampoco entre los de la Unión Europea.

En lo tocante a la Unión Monetaria, lo sustancial es aquello en lo que se fundamentó. El consenso que la permitió tenía bases muy definidas: el acuerdo unánime de que todos los países se comportarían adecuadamente, en especial en el ámbito financiero. Y la definición de este marco de actuación, la prohibición de financiar déficits públicos por el BCE, la necesidad de controlar los excesos de gasto (públicos y, ahora, también privados) no fue caprichosa. Obedece a una determinada historia económica de algunos países europeos, en especial del sur, que han tendido a vivir por encima de sus posibilidades. Y este recordatorio está ahí. De forma que, tras el difícil y precario equilibrio que ha dado lugar al euro, subyace la historia, política, militar y económica, del continente.

Cierto que todo sería más fácil si pudiéramos prescindir del legado de nuestra historia. Pero esto no es posible. Ni hoy ni ayer. Hace cerca de 150 años, Karl Marx, en su El 18 Brumario de Luis Bonaparte, ya destacaba este importante aspecto, cuando afirmaba que «los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio (...) sino bajo aquellas circunstancias (...) que existen y les han sido legadas por el pasado». Por más intensamente que deseemos otra realidad, Europa sigue siendo una amalgama de estados soberanos que han decidido poner en común áreas de gestión macroeconómica. Este es nuestro sino. Los límites del proyecto europeo son los que nuestra historia común permite definir. Y, por ello, el Tratado de Lisboa está tan lleno de cautelas y prohibiciones. Lastimosamente no se trata de lo que pudo o debió ser. Se trata de lo que la dura realidad histórica ha acabado permitiendo. Parafraseando a Dante, abandonen toda esperanza de una rápida y simple solución a los problemas de Grecia, o a los del propio euro. Es un proceso endiabladamente complejo, sujeto a enormes restricciones, y condicionado por severas tensiones nacionales e internacionales. Y, por todo ello, puede acabar mal, es decir, finalizar con la ruptura de la moneda común y el retorno a quién sabe dónde. Por esto la importancia de la solución griega.

Cargar las culpas en el mensajero, en la Comisión Europea y en el BCE, siempre ha sido un error. Pero hoy lo es más que nunca, porque puede impedir encontrar la solución que todos deseamos. El euro y la Unión Europea se han construido sobre intereses dispares y distintos, tanto de cada país como de las élites que los dirigen. A pesar de ello, jamás en la historia humana tantas naciones habían renunciado, voluntariamente, a partes tan sustanciales de su autonomía. Aunque sea lento, hay que continuar en este camino. Cualquier atajo que se pretenda tomar, y que conlleve la ruptura del consenso que sostiene el euro, acabará rompiéndolo.

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